Nada de lo que te está pasando es tan malo (ni tan bueno) como te parece

No soy especialmente fan de Woody Allen pero por una casualidad encontré este video que me parece tan, tan, tan fantástico, y que expresa en tan pocas palabras esa manera absurda de vivir la vida como a regañadientes, cuando en realidad lo que desearíamos es que durase un poquito más, con todo lo «bueno», y con todo lo «malo» que nos depara.

¿A tí qué te sugiere este video? Anímate y deja un comentario!

Conversaciones difíciles (o quizá no tanto)

Si lo piensas un poco, lo que más haces en tu trabajo es tener conversaciones. Cara a cara, por teléfono, mail, mensajería instantánea… te pasas el día teniendo conversaciones con otras personas.

En ocasiones esas conversaciones se convierten en una fuente importante de ansiedad porque son conversaciones complicadas, en las que tienes que decir algo que te cuesta decir o que supones que a la otra persona no le va a gustar, o necesitas obtener un resultado concreto de dicha conversación y te angustia no conseguirlo.

De nuevo te olvidas de lo que te enseñan tus amigos estoicos y pretendes tener control sobre cosas que están fuera de ti y sobre las que no puedes tenerlo: quieres que la persona con la que conversas te entienda, te de una respuesta determinada, quieres conseguir algo de ella, quieres que no se enfade o no se moleste o no se deprima… pero nada de todo ello está en tu ámbito de control.

Evidentemente puedes y debes hacer lo que esté en tu mano para explicarte bien, para no herir, para no ofender, para convencer, pero no puedes asegurar que lo conseguirás porque todo ello están en la zona de control de la otra persona.

Debes poner de tu parte en la conversación toda tu honestidad, sinceridad, transparencia, valor y cariño. Eso es lo que depende completamente de ti, esa es tu responsabilidad y lo que debe preocuparte. Nada más. Cómo la otra persona entenderá, reaccionará, se sentirá, te contestará, etc, no depende de ti y por lo tanto no debe inquietarte.

Tienes mil pruebas de que esto es así, de que cuando te centras en lo que tú puedes y debes aportar a la conversación y no en el resultado de la misma, la inmensa mayoría de las veces la conversación va fenomenal, por difícil que sea. Y en las pocas ocasiones en las que no va bien, te sientes tranquilo igualmente porque lo sucedido está fuera de tu control.

Una conversación es como un baile entre dos. Pon todo de tu parte para bailar lo mejor posible, el resto ya no depende de ti, y disfruta, fluye todo lo posible.


PD1: como siempre, este es un fragmento de una conversación reciente conmigo mismo.

PD2: si quieres profundizar más en el tema de las conversaciones complicadas, te recomiendo este libro de Enrique Sacanell «¿Cómo se lo digo? El arte de las conversaciones difíciles«

Un motor híbrido en tu interior: la motivación y el coraje

Cuando algo te motiva, te gusta o te emociona, qué fácil es todo!

Pero en la vida no todo lo que tienes que hacer en cada momento es lo que más te motiva o te apetece. En ocasiones (según las temporadas, a veces en muchas ocasiones) tienes que hacer cosas que no te apetecen en absoluto.

Son cosas que sabes que debes hacer, y que está bien que las hagas. Incluso cosas que te hacen bien, pero que te cuestan o no siempre te motivan lo suficiente.

Pero estás acostumbrado a funcionar básicamente con el «motor» de la motivación, y ese es un buen motor que va fenomenal cuando se puede usar, pero ¿qué pasa cuando no tienes la motivación, pero tienes que hacer igualmente lo que debes?

Ahí es cuando tienes que poner en marcha el motor del coraje, o de la disciplina, como lo quieras llamar.

Es un motor más difícil de usar, porque requiere un mayor esfuerzo y requiere entrenamiento y fuerza de voluntad en su uso.

Es además un motor que no estás muy acostumbrado a usar porque si no puedes usar el motor de la motivación tu tendencia es a abandonar. De alguna manera tienes instalada la creencia de que solo merecen la pena las cosas que se pueden hacer por la motivación, pero en realidad no es una creencia correcta. Obviamente es mejor actuar con motivación, pero no siempre es posible y si solo tienes ese motor tu capacidad de hacer lo correcto, de hacer lo que debes, se queda muy limitada.

El coraje, la disciplina, es algo que puedes y debes entrenar. Puede empezar por cosas relativamente sencillas: por ejemplo, quieres hacer un poco de ejercicio todos los días, pero no todos los días te apetece; piensa que además del beneficio de hacer ejercicio, vas a entrenar y poner a punto tu motor de la disciplina, y haz ejercicio todos los días que tengas ganas para ello, y los que no, haz ejercicio igualmente, con el motor de la disciplina en tu mente.

Utiliza con otras cosas también y poco a poco tendrás más capacidad de tirar de esta disciplina para cuestiones que te resulten más importantes o difíciles de realizar sin motivación.

No desarrollas valentía cuando todo va bien, sino cuando sobrevives momentos difíciles y desafías la adversidad. EPICTETO

Ninguna propensión humana es tan poderosa que no pueda ser vencida por la disciplina. SÉNECA

La disciplina es una gran ayuda para el que posee un mediocre ingenio. SÉNECA

Imanol y Mario, dos fuentes de inspiración

Hoy quiero compartir con vosotr@s dos fuentes de inspiración de las que bebo muy habitualmente y que quizá os puedan interesar.

Con ambos he tenido la fortuna de poder compartir algunos momentos personalmente, con Mario hace ya muchos, muchos años, casi 20, y con Imanol más recientemente. En todo caso, de ambos tengo un recuerdo magnífico y gracias a las redes sociales tengo la ocasión de seguir recibiendo sus inspiradores pensamientos de vez en cuando.

Espero que os resulten tan inspiradores como a mí.

El ruido de las cosas al caer

En las últimas semanas he leído varios libros de Juan Gabriel Vásquez, un escritor que me ha enamorado, y en uno de ellos que se titula «El ruido de las cosas al caer» hay un fragmento que me ha resultado especialmente inspirador y que tiene un trasfondo estoico muy refinado:

La edad adulta trae consigo la ilusión perniciosa del control, y acaso dependa de ella. Quiero decir que es ese espejismo de dominio sobre nuestra propia vida lo que nos permite sentirnos adultos, pues asociamos la adultez con la autonomía, el soberano derecho a determinar lo que va a sucedernos enseguida. El desengaño viene más pronto o más tarde, pero viene siempre, no falta a la cita, nunca lo ha hecho. Cuando llega lo recibimos sin demasiada sorpresa, pues nadie que viva lo suficiente puede sorprenderse de que su biografía haya sido moldeada por eventos lejanos, por voluntades ajenas, con poca o ninguna participación de sus propias decisiones. Esos largos procesos que acabarán por toparse con nuestra vida -a veces para darle el empujón que necesitaba, a veces para hacer estallar en pedazos nuestros planes más espléndidos- suelen estar ocultos como corrientes subterráneas, como meticulosos desplazamientos de las capas tectónicas, y cuando por fin se da el terremoto invocamos las palabras que hemos aprendido a usar para tranquilizarnos, accidente, casualidad, a veces destino. Ahora mismo hay una cadena de circunstancias, de errores culpables o de afortunadas decisiones, cuyas consecuencias me esperan a la vuelta de la esquina; y aunque lo sepa, aunque tenga la incómoda certeza de que esas cosas están pasando y me afectarán, no hay manera de que pueda anticiparme a ellas. Lidiar con sus efectos es todo lo que puedo hacer: reparar los daños, sacar el mayor provecho de los beneficios. Lo sabemos, lo sabemos bien; y sin embargo siempre da algo de pavor cuando alguien nos revela esa cadena que nos ha convertido en lo que somos, siempre desconcierta constatar, cuando es otra persona quien nos trae la revelación, el poco o ningún control que tenemos sobre nuestra experiencia.

Es una manera muy bella de escribir sobre la famosa dicotomía del control que está en la base del estoicismo y que Zenón de Citio explicaba con la siguiente metáfora:

Somos como un perro atado a una carreta tirada por dos grandes caballos percherones. La cuerda que lo une a la carreta es bastante larga como para que el perro pueda moverse con comodidad. Una vez que la carreta se pone en marcha, el perro puede luchar contra el movimiento, e intentar no avanzar, o puede comenzar a andar y aprovechar el margen que le proporciona la longitud de la cuerda para investigar los alrededores durante el camino.

En ambos casos, el perro acabará yendo a donde lo lleve la carreta. La diferencia es que si se resiste, sufrirá al verse arrastrado, pero si opta por pasear junto a ella, investigando el entorno alrededor, su viaje será mucho mas placentero.

Pues eso, deja ya de intentar detener la carreta y disfruta del camino por el que te lleva.

Aléjate de las redes sociales todo lo que puedas

Tormenta acercándose al faro de Punta Galea

Eliminaste tu cuenta de Facebook, hace una año que no publicas en Twitter, nunca te llegó a enganchar Instagram… pero aún así acabas pasando mucho tiempo mirando y leyendo por las redes, con esa sensación de que de lo contrario te perderás algo importante, con la presión de estar «conectado».

Pero en realidad es justamente lo contrario: te infoxicas a tí mismo con tal cantidad de noticias banales, polémicas absurdas, zascas y contrazascas… que no te enteras de lo importante, de lo relevante, de lo esencial.

Conecta de verdad con las personas reales y si hay algo que es realmente importante, seguro que acabará llegando a tus ojos y a tus oídos.

Todo lo demás es ruido, distracción, tiempo malbaratado, oxigeno para un estado de las cosas que en realidad te horroriza.

Así que corre, cierra tus cuentas, desinstala tus apps del móvil y del ordenador… y levanta la mirada y lee, escucha, mira, observa, entiende…

El dolor del fracaso

«Unas veces se gana y otras se aprende»

Es una de tus frases favoritas. Es una idea realmente sugerente e inspiradora.

Pero qué doloroso es el aprendizaje provocado por el fracaso y por la pérdida. Hay que dejar pasar el tiempo para realmente hacer un aprendizaje de un fracaso porque en el momento el dolor que te provoca es enorme.

Cuando te das cuenta del fracaso todo se te viene encima, es un poco como morirte: todo lo acontecido pasa como una película y repasas lo que hiciste y lo que no hiciste y todo se ve con claridad y esa claridad es lo más doloroso de todo.

Y si el fracaso además tiene consecuencias para otras personas ya el dolor se eleva a otra potencia, se transforma en algo mucho más dramático y se te hace muy difícil de manejar.

Cuando fracasas la persona que creías ser se muere, desaparece, y para llegar al aprendizaje vas a tener que pasar por todas las fases del duelo: empezarás con la negación, no te crees que esto te esté pasando, tiene que ser un error, es como una película.

Pero no es una película, es una realidad, y entonces aparecerá la ira, la rabia, la búsqueda de culpables y responsables.

Si consigues salir de ahí, tratarás de darle la vuelta a la situación, fantasearás con la idea de que aún hay solución y que todo pasa por enfocarse en resolver los problemas.

Cuando te des cuenta de que realmente ya no hay solución, pasarás a la tristeza profunda, a verlo todo como parte del fracaso y a pensar que nada tiene sentido y que todo está perdido para siempre y sin remedio.

Y por fin, después de todo ello, si eres capaza de superar esa tristeza y ese dolor, podrás empezar a reconstruirte y a convertir el fracaso en un verdadero aprendizaje, en la posibilidad de aceptarlo y reconstruirte sobre él dando nuevos significados a tu yo.

No es un proceso fácil ni glamuroso.

Pero es algo por lo que ya has pasado unas cuantas veces antes. Necesitas echar la vista atrás y recordar tus fracasos anteriores para reconocer que eres quienes eres también por esos fracasos.

Para quererte precisamente por ser un fracasado muy exitoso.

Sobre las excusas y la autoindulgencia

Estas muy cansado, has tenido un día horroroso, el tiempo no acompaña, te mereces un descanso, por un día no pasa nada… y mil excusas más de este estilo para no hacer lo que sabes que debes hacer y que te va bien, aunque te cueste un esfuerzo.

Te compadeces de ti mismo, te das pena para ablandarte y justificar tu pereza y tu falta de disciplina y de motivación.

Darte pena funciona igual que dar pena a los demás: recibes atención, consuelo, compensaciones diversas, se te permite hacer o no hacer cosas que en circunstancias normales deberías cumplir…

La autoindulgencia te genera un circulo vicioso del que a veces no es fácil salir.

Un ejemplo típico y sencillo que te pasa a menudo: has tenido un día duro en el trabajo y estás cansado física y emocionalmente. Te comprometiste contigo mismo a salir todos los días a dar un paseo. A pesar de que sabes que te hará bien, te compadeces de ti mismo por lo cansado que estás y te tumbas un rato en lugar de dar el paseo. Te dices a ti mismo que te mereces el descanso, que un día sin salir no pasa nada, y vas a la cocina a premiarte con un poco de chocolate. Como no hiciste lo que sabías que debías hacer, te empiezas a sentir algo culpable y eso te desmolariza un poco más, lo que hace que te des un poco más de pena. Además, como no diste el paseo, tu cabeza no se limpió adecuadamente de sus pensamientos tóxicos y sigues viéndolo todo con pesimismo, lo que confirma claramente que tenías razones para darte pena y vuelves a por un poco más de chocolate.

¿Cómo salgo de esta espiral de autocompasión?

No caigas en el derrotismo del «no soy capaz de hacer lo que debo». Sí que eres capaz. Ayer no lo fuiste, pero hoy sí puedes serlo. Cada ocasión es una nueva oportunidad de hacer lo correcto.

Se un poco más firme contigo mismo. Cuando empiece el dialogo de las excusas en tu interior, mantente firme y dite a ti mismo: «eso son solo excusas, estás tratando de ablandarte emocionalmente pero sabes muy bien lo que te conviene así que hazlo y déjate de ir por ahí dándote pena»

Busca una tercera persona que te ayude. Cuéntale tus compromisos contigo mismo y pídele que te los recuerde cuando flaquees.

Reconoce tus errores, especialmente los que nadie más conoce

Cada día es una sucesión de decisiones, muchas sencillas y sin importancia y de vez en cuando algunas de cierta envergadura.

Algunos estudios hablan de tomas unas 35.000 decisiones cada día, de las cuales 34.900 las toma tu cerebro de manera automática (afortunadamente, o de lo contrario no podrías vivir)

Aún con todo te quedan unas 100 decisiones cada día para tomar conscientemente. Incluso si eres muy, muy bueno tomando decisiones y en el 90% o 95% de las veces tomas una decisión correcta y adecuada, cada día es bastante probable que te equivoques entre 5 y 10 veces. Cada día. En solo un mes puedes haber errado entre 200 y 300 ocasiones.

De todas ellas, seguramente de nuevo el 90% o 95% serán errores sin demasiada importancia: debías llevar algo y se te olvidó, comiste una cosa que no debías, dijiste algo inapropiado, te quedaste viendo la tele en lugar de salir a tu paseo diario…

Pero tendrás un 5% de errores importantes de ese 5% de decisiones conscientes de ese 0,30% de todas las decisiones de cada día… así que cada mes puedes estar metiendo la pata de manera significativa en 7 u 8 ocasiones… no está nada mal, y eso siendo muy, muy bueno.

Así que errar es inevitable. Lo que no es inevitable es empecinarse en el error.

Del error puedes aprender: tomaste una decisión, obtuviste un resultado no satisfactorio, en la siguiente ocasión haz otra cosa diferente.

Pero para eso tienes que reconocer el error. Tienes que ser consciente de que te equivocaste. Tú. No los demás. Tú. Tú que aciertas el noventa y tantos por ciento de las veces. Tú te equivocaste.

Y a veces esos errores son visibles, manifiestos, inocultables. Y entonces no te cuesta tanto reconocer públicamente que sí, que te equivocaste. En el fondo ya todo el mundo lo sabía, así que mejor reconocerlo.

Pero qué haces cuando nadie se dio cuenta de que te equivocaste? Cuando hiciste algo que no era correcto y solo tú lo sabes o solo tú te diste cuenta? Lo reconoces o te lo callas? O buscas la justificación contigo mismo para no admitir lo hecho?

Ahí es donde realmente se ve quien eres, ahí es donde se aprecia tu sabiduría y tu verdadera naturaleza.

Afortunadamente, cada mes tendrás casi seguro un par de ocasiones para ponerte a prueba e ir mejorando, ganando en sabiduría, en coherencia, en humildad, en serenidad.


PD: como viene siendo habitual últimamente, este es de nuevo un fragmente de una reciente conversación conmigo mismo.

Agradécelo todo y no necesites nada

Si tienes ocasión de hacer algo que te gusta, de estar con alguna persona que te agrada, si das un paseo, haces un viaje, vas al trabajo, estás con la familia, lees un buen libro, ves una puesta de sol, te mojas con la lluvia, escuchas una canción… lo que sea, disfrútalo y agradécelo.

Piensa lo afortunado que eres y da gracias por ello.

Simplifica al máximo tus deseos, disfruta de lo frugal y de lo sencillo. Busca la satisfacción en tu interior.

Que nada te resulte imprescindible, que todo te sea accesorio, procura no apegarte a nada por mucho que te guste.

Si lo tienes disfrútalo, y cuando no lo tengas, no lo extrañes ni lo añores, ni lo ansíes, ni pongas en juego tu integridad y tus valores por recuperarlo o por conseguirlo.

Desea poco y disfruta todo, y nunca serás infeliz.