Contrato cívico electoral para las generales de 2027 “No pasarán!”

De una parte, la ciudadanía progresista de este país: trabajadoras y trabajadores, pensionistas, jóvenes condenados a pagar alquileres imposibles, familias que sostienen los cuidados, profesionales de la sanidad y la educación públicas, autónomos, cooperativistas, gente que sí que madruga y que sí que paga sus impuestos, que espera una cita médica, que mira el recibo de la luz, que sabe lo que cuesta llenar la nevera y que ha visto demasiadas veces cómo sus esperanzas acababan trituradas entre cálculos electorales, promesas rebajadas y guerras internas. Una ciudadanía que no olvida que en los últimos años hubo avances importantes arrancados desde la política progresista y desde la presión social. Una ciudadanía cansada, sí, y desilusionada muchas veces, pero no vencida e igualmente consciente de que ningún avance queda garantizado para siempre si se abandona la vigilancia democrática. A los efectos de este contrato será denominada, sin un ápice de superioridad moral pero con todo el respeto político, la buena gente.

Y de otra parte, los partidos políticos, coaliciones, confluencias, mareas, movimientos, plataformas y organizaciones progresistas que aspiran a representar a esa ciudadanía, sabiendo que la representación no se hereda ni se presume, sino que se gana cada día con decencia, utilidad pública, valentía y capacidad de acuerdo. Partidos que han cometido errores, que han decepcionado, que han confundido demasiadas veces el interés general con la supervivencia de sus siglas, pero que también han demostrado, cuando han actuado con ambición y acuerdo, que la política puede mejorar la vida material de millones de personas. Sería mezquino negar los aciertos: hubo leyes, reformas y decisiones que protegieron salarios, empleos, pensiones, derechos y libertades, y precisamente porque esos avances existen resulta más grave cualquier tentación de conformarse, dividirse o administrar lo logrado como si bastara para resistir la ofensiva reaccionaria. En adelante serán denominados los partidos decentes, expresión que no constituye un título honorífico, sino una obligación que será sometida a prueba.

Ambas partes se reconocen mutuamente la necesidad de comparecer ante este contrato cívico-electoral, porque hay momentos en los que la política deja de ser una competición ordinaria y se convierte en una línea de defensa. Y, en virtud de ello,

Manifiestan

I. Que la derecha ultra española, hoy articulada en torno al Partido Popular y Vox, ha asumido una estrategia de ofensiva total contra el bloque democrático y progresista, utilizando todos los instrumentos a su alcance, tanto políticos, mediáticos, judiciales, policiales e institucionales. Una estrategia resumida en la idea de «el que pueda hacer que haga«, y cuyo objetivo es derribar al Gobierno actual liderado por el Presidente Pedro Sanchez, destruir políticamente a los dirigentes de los partidos que lo sustentan y con ello impedir por décadas la existencia de nuevos gobiernos progresistas.

II. Que dicha derecha no se limita a proponer una alternancia conservadora, legítima en cualquier democracia, sino que amenaza abiertamente con un programa de restauración reaccionaria: recorte de derechos laborales y sociales, desprecio hacia las políticas feministas, ataque a la memoria democrática, privatización y deterioro de los servicios públicos, criminalización de las personas migrantes, negacionismo climático, rebaja fiscal para quienes más tienen y subordinación internacional a liderazgos autoritarios y belicistas que han hecho de la crueldad una forma de gobierno.

III. Que la estrategia de esta derecha ultra para alcanzar el Gobierno de España se basa en la desmovilización de la buena gente. Dado que no pueden conseguir nuestro voto, tratan por todos los medios de que nos quedemos en nuestra casa el día de las elecciones y para ello utilizan todos los medios a su alcance, incluidos la mentira, la manipulación, la guerra sucia contra los partidos decentes, la financiación ilegal, la agresión y el acoso permanente a las personas que están en primera línea.

IV. Que sería injusto, y políticamente torpe, ignorar que en este periodo se han aprobado medidas que mejoraron la vida de mucha gente: el salario mínimo, la reforma laboral, el Ingreso Mínimo Vital, la revalorización de las pensiones, las leyes como la de eutanasia, la de derechos de las personas trans y LGTBI, la de vivienda o la de cambio climático y transición energética, con todos los límites, retrasos y conflictos que se quieran señalar, pero también con una dirección política reconocible: ampliar derechos, proteger rentas, reforzar ciudadanía y abrir camino frente a décadas de resignación neoliberal. La buena gente no firma este contrato porque nada haya servido, sino precisamente porque lo que ha servido puede perderse, y porque lo que falta por hacer es demasiado importante como para dejarlo en manos de la inercia, el tacticismo o la pelea pequeña.

V. Que, reconocido todo lo anterior, los partidos decentes no han estado siempre a la altura de lo que estaba en juego. Han confundido demasiadas veces la diferencia política con el fratricidio, la negociación con el chantaje, la prudencia con la cobardía, la comunicación con la propaganda y la gestión institucional con la renuncia a transformar la realidad. Y han tolerado, en ocasiones, comportamientos personales o colectivos incompatibles con la ejemplaridad mínima que se exige a quien pide confianza pública.

VI. Que en este contexto las elecciones generales de 2027 no pueden ser tratadas como una cita electoral más, porque en ellas se decidirá algo más profundo que la composición de un gobierno. Se decidirá si España avanza hacia una democracia social más robusta, capaz de proteger derechos, repartir poder y riqueza y cuidar lo común, o si entra en una etapa de demolición planificada donde cada conquista será presentada como un privilegio, cada servicio público como un gasto excesivo e inasumible y cada voz disidente como enemiga de la patria.

VII. Que, por todo ello, la buena gente y los partidos decentes acuerdan impulsar una estrategia común bajo el lema “No pasarán!”, no como consigna vacía ni como nostalgia ornamental, sino como recordatorio de que hubo generaciones que pagaron con cárcel, exilio, hambre y muerte el precio de defender la libertad, y de que sería una obscenidad histórica entregar ahora sus conquistas por pura pereza, por vanidad, por cálculo de aparato o por cansancio moral.

Y, en consecuencia, ambas partes suscriben los siguientes

Acuerdos

Primero. Los partidos decentes diseñarán toda su estrategia electoral con un objetivo prioritario: movilizar hasta el último voto democrático, social, feminista, ecologista, laboral y antifascista disponible. Cada partido podrá pedir el voto para sí mismo, defender su programa y reivindicar su trayectoria, pero ninguna campaña podrá construirse sobre la desmovilización del electorado progresista ni sobre la destrucción del resto de fuerzas llamadas a impedir un gobierno de PP y Vox. Toda apelación al voto útil, al voto auténtico o al voto imprescindible deberá subordinarse a una regla superior: ningún voto de la buena gente debe quedarse en casa.

Segundo. Los partidos decentes se comprometen a hacer campaña a favor de sus propuestas y contra el proyecto reaccionario de PP y Vox, nunca contra la legitimidad democrática del resto de partidos decentes. Quien dedique más energía a destruir al aliado posible que a frenar a la derecha ultra estará trabajando, lo admita o no, para que la derecha ultra gobierne, y será considerado un traidor a la buena gente.

Tercero. Los partidos decentes se comprometen públicamente, antes de la campaña, durante la campaña y después de la noche electoral, a no facilitar por acción, omisión, abstención táctica, cálculo negociador ni bloqueo parlamentario la llegada de PP y Vox al Gobierno de España. Este compromiso deberá figurar de manera clara en sus programas, intervenciones públicas, documentos de campaña y declaraciones postelectorales. La ambigüedad en este punto no será entendido como prudencia sino como pura y simple irresponsabilidad.

Cuarto. Los partidos decentes se comprometen a votar favorablemente la investidura de la candidata o candidato del partido decente que obtenga mayor número de votos entre las fuerzas firmantes, sin convertir esa primera votación en un mercado de vetos, ultimátums o humillaciones públicas. La negociación programática tendrá lugar a partir del día siguiente a la investidura, con luz, taquígrafos y respeto a las mayorías parlamentarias, pero la primera obligación será impedir que la derecha ultra utilice las divisiones progresistas como palanca para hacerse con el poder.

Quinto. La buena gente se compromete a votar el día señalado para las elecciones generales, presencialmente o por correo, al partido decente que considere más adecuado según sus convicciones. No se admitirán como excusa la apatía, el desencanto, el “todos son iguales”, el “nada va a cambiar” ni la tentación cómoda de mirar el desastre desde la barrera para luego recriminar con el «disfruten lo votado». La abstención puede parecer un castigo dirigido a quienes decepcionaron, pero en una elección decisiva es un regalo para quienes quieren gobernar contra la mayoría social. Nadie que se considere buena gente tendrá justificación para no votar.

Sexto. A partir del día siguiente de la investidura, la actuación de los partidos decentes quedará sometida a cuatro obligaciones materiales, comprensibles para cualquier ciudadano sin necesidad de traductores tecnocráticos:

  • Impedir cualquier retroceso, rebaja, disminución o depreciación de los derechos y libertades existentes. En la medida que las mayorías y los acuerdos lo permitan, tratarán de aprobar reformas que las amplíen y extiendan.
  • Impedir la privatización, desmantelamiento, empobrecimiento o empeoramiento de los servicios públicos, y en la medida de lo posible ampliarlos, mejorarlos y republificarlos.
  • Impedir el aumento de la injusticia y la desigualdad social, y en la medida de lo posible reducirla.
  • Perseguir, detectar y eliminar cualquier tipo de actuación que implique corrupción en sus organizaciones o cargos públicos.

Séptimo. Para evitar que este contrato se convierta en literatura electoral, el cumplimiento de esas obligaciones deberá medirse mediante los siguientes indicadores públicos, auditables, comprensibles y publicados semestralmente.

  • Indicador de Garantía y Ampliación de Derechos (nuevo): será diseñado, calculado y presentado por el Instituto de Derechos Humanos “Gregorio Peces-Barba” de la UC3M, en consorcio con la Plataforma del Tercer Sector y con el Defensor del Pueblo como garante institucional independiente.
  • Índice de Fortalecimiento de los Servicios Públicos (nuevo): AIReF como auditora externa, la Agencia Estatal de Evaluación de Políticas Públicas como responsable metodológica, y el INE/IGAE como garantes estadísticos.
  • Tasa AROPE infantil, medida anualmente, y especialmente en los hogares del 40% inferior de renta (existente): es el indicador que mejor mide la evolución de la desigualdad social y está gestionado por la UE y en España por el INE.
  • Índice de Respuesta Anticorrupción Efectiva (nuevo): gestionado por la Autoridad Independiente de Protección del Informante, con apoyo técnico de OIReScon, Tribunal de Cuentas, universidades y entidades anticorrupción independientes.

El objetivo mínimo de todos ellos es que no disminuyan y el deseado es que mejoren en 4 puntos al finalizar la legislatura.

Octavo. Se producirán comparecencias periódicas de cumplimiento de este contrato, tanto a nivel parlamentario como territorial. Dichas comparecencias no podrán reducirse a propaganda ni a argumentarios de partido. Deberán incluir datos, compromisos pendientes, obstáculos encontrados, responsabilidades asumidas y calendario de actuación.

Noveno. Si al final de la legislatura los indicadores pactados no muestran el cumplimiento mínimo requerido, los miembros del Gobierno pertenecientes a los partidos decentes asumirán responsabilidad política directa y renunciarán a repetir en el cargo institucional en la siguiente legislatura. Del mismo modo, las Diputadas y Diputados, Senadoras y Senadores de los partidos decentes renunciarán a presentarse de nuevo, dejando paso a otras personas dispuestas a cumplir realmente los acuerdos que firmen.

Décimo. Este contrato no elimina las diferencias entre las fuerzas progresistas, ni pretende fundirlas en una sopa tibia donde todo se confunda. La pluralidad es necesaria, aunque sea incómoda. Hay debates legítimos sobre fiscalidad, vivienda, trabajo, energía, feminismo, modelo territorial, política internacional, transición ecológica o memoria democrática. Pero ninguna diferencia justifica entregar el país a quienes quieren suprimir derechos, abaratar el despido, perseguir al migrante, negar la violencia machista, privatizar lo común y llamar libertad al privilegio de quienes ya tienen demasiado.

Undécimo. La consigna común de esta estrategia será “No pasarán!”, que deberá acompañar, sin sustituir, los lemas particulares de cada partido decente. No será un adorno gráfico ni una frase para camisetas. Será una advertencia democrática y una obligación moral.

Y para que conste, ambas partes suscriben este contrato cívico-electoral con plena conciencia de que votar no basta, pero también de que no votar puede ser suficiente para perderlo todo; de que la democracia no se defiende sola; de que los derechos no se conservan por inercia y de que la historia no perdona eternamente a quienes, pudiendo cerrar el paso al autoritarismo, prefirieron discutir el tamaño de su pancarta mientras el enemigo cruzaba la puerta.

(Nota: este post lo publiqué originalmente en Meneame)

Foto de OSKAR MATXIN EDESA / FOCUS

Manual vasco de bienvenida policial

En la sala de briefing, todavía con el eco de Loiu pegado a las botas, el mando de guardia tomó la palabra para felicitar al operativo por la brillante ejecución del recibimiento institucional dispensado a los activistas de la flotilla solidaria con Palestina.

Habían llegado al aeropuerto después de ser interceptados por Israel en aguas internacionales, secuestrados, maltratados, humillados y devueltos a casa con el cuerpo hecho un parte de lesiones pero con la dignidad intacta, cosa esta última que siempre incomoda mucho a determinados uniformes. Por suerte, allí estaba la Ertzaintza para completar la experiencia pedagógica: en Euskadi también sabemos convertir un abrazo en un problema de orden público.

El mando, visiblemente emocionado, destacó la serenidad con la que los agentes habían sabido identificar la amenaza principal: familiares esperando, amigos aplaudiendo, gente con banderas palestinas y ese peligrosísimo artefacto político conocido como alegría colectiva. No era una situación fácil. Cualquier otro cuerpo policial menor se hubiera dejado confundir por el llanto de una madre, por el abrazo de un compañero o por la torpeza humana de quien vuelve de una experiencia traumática. La Ertzaintza, siempre tan profesional, no cayó en sentimentalismos.

El informe preliminar fue recibido con aplausos. Se subrayó, con especial orgullo, que la intervención había mantenido intacta la tradición más noble del cuerpo: cuidar al pueblo evitando que el pueblo se desmande en actividades tan radicales como abrazarse sin autorización. La palabra «ertzaina», recordó alguien desde el fondo, significa «cuidador del pueblo». Hubo un breve silencio pero el mando resolvió rápidamente la incomodidad con una explicación brillante: cuidar no debe confundirse con proteger; significa recordar al pueblo, con firmeza lumbar, que el espacio público no le pertenece aunque lo pague, lo habite, lo limpie, lo llore y lo defienda. Además ya lo dice el refrán «Quién bien te quiere te hará llorar» y si esa es la medida del amor al pueblo, sin duda la Ertzaintza está en el podium.

El mando hizo entonces una pausa solemne y recordó a los presentes que nada de aquello debía entenderse como una ocurrencia aislada, ni mucho menos como un exceso de entusiasmo aeroportuario. «Compañeros», dijo, con la voz ligeramente quebrada por la emoción profesional, «venimos de una larga y honrosa tradición. Hemos aprendido de los mejores. Hemos visto cómo se gestiona un funeral cuando a la gente le da por llorar demasiado junta, cómo se administra un homenaje cuando la memoria amenaza con salirse del relato autorizado, cómo se ordena una plaza cuando las víctimas, los familiares o los vecinos confunden el duelo con un derecho. La Policía Nacional nos abrió camino durante décadas, con esa elegancia suya de quien sabe aprovechar cualquier concentración pacífica para mostrar al pueblo lo que significa una democracia como dios manda. Nosotros, humildemente, hemos sabido estar a la altura del legado y no somos recién llegados al difícil arte de recordar al pueblo que incluso para sufrir conviene pedir permiso»

La reunión avanzó luego hacia asuntos estratégicos. El éxito del operativo de Loiu abría nuevas posibilidades para el modelo vasco de policía. El mando anunció que, vista la eficacia demostrada contra activistas cansados, familiares nerviosos y simpatizantes con pancartas, se activarían misiones de similar dificultad.

La primera consistirá en desplegar una unidad antidisturbios en la parada de autobús de un colegio, donde se ha detectado un grupo de padres y madres peligrosamente organizado en torno a mochilas, tuppers y paraguas. La hipótesis operativa es clara: hoy esperan al autobús, mañana podrían formar una asamblea.

La segunda misión, todavía más delicada, tendrá lugar a la salida de un club de jubilados. Varias abuelas han sido vistas abandonando el local con una actitud sospechosamente coordinada, algunas de ellas armadas con bolsas de la compra, bastones y una capacidad histórica para no tener miedo a un mocoso con porra.

También se estudiará la creación de una unidad especial para bibliotecas municipales. Las bibliotecas, según explicó el responsable de análisis, son espacios de alto riesgo: contienen silencio, memoria, papel y personas que podrían desarrollar pensamiento crítico sin supervisión. Nadie quiere repetir errores. Ya se sabe cómo empiezan estas cosas: primero un libro, luego una pancarta, después una flotilla.

Fuera, la vida seguía con su peligrosa costumbre de juntarse: familias, amistades, vecinos, militantes, personas que creen que Palestina existe, que la solidaridad no es delito y que un aeropuerto no debería convertirse en sucursal menor de la pedagogía del miedo. La Ertzaintza, siempre vigilante, tomó nota. Al fin y al cabo, nunca se sabe cuándo puede aparecer otro abrazo solidario sin autorización administrativa previa.

(N.d.A. Todo lo aquí narrado es, por supuesto, una ficción satírica. Cualquier parecido con una policía real que aparezca en aeropuertos, funerales, homenajes, manifestaciones, paradas de autobús, clubes de jubilados o bibliotecas municipales para cuidar al pueblo mediante técnicas de contacto físico no consentido debe atribuirse exclusivamente a la imaginación de quien lo lea)

(N.d.A. 2 Este post fue publicado inicialmente en Meneame.net)

París reivindica en Madrid a Pepe Botella como padre de la libertad española

La alcaldesa de París aterriza en Madrid para homenajear a José I Bonaparte, “un incomprendido agente de modernidad, mestizaje jurídico y garrafón ilustrado”.

Madrid amaneció ayer con una visita diplomática de alto voltaje: la alcaldesa de París, Marianne Dupont-Lumière, aterrizó en Barajas para reivindicar la figura de José I Bonaparte, popularmente conocido como Pepe Botella, no como invasor impuesto por una potencia extranjera, sino como “visionario de la libertad, la modernidad y el intercambio cultural franco-español”.

El acto, titulado “Celebración por la Evangelización Administrativa y el Mestizaje Napoleónico: Pepe y el Dos de Mayo”, estaba previsto inicialmente en la Catedral de la Almudena, pero fue trasladado a toda prisa al sótano de una franquicia de croissants al no reunir “la totalidad de permisos, vergüenza histórica ni sentido del ridículo”.

“Hay que superar los discursos de odio contra Francia”, declaró Dupont-Lumière, flanqueada por un busto de Napoleón, un mapa de Europa con chinchetas y un PowerPoint titulado La invasión como oportunidad. “Si hoy los españoles conocen el Código Civil, las rotondas y la palabra ‘bistró’, algo le deberán a Pepe Botella”.

La alcaldesa parisina insistió en que la entrada de las tropas napoleónicas en España no debe verse como una ocupación militar, sino como “un proceso de modernización con acompañamiento de artillería”. Según su lectura, los fusilamientos, saqueos, imposiciones dinásticas y represión popular fueron “incidencias logísticas propias de todo hermanamiento cultural ambicioso”.

Pepe Botella, fundador emocional de la España moderna

Durante el homenaje, el compositor francés Nachó Canot, autor del musical La Bayonesa, interpretó varios números de su obra, entre ellos No fue invasión, fue onboardingLiberté, égalité, batería de cañones y el ya célebre Yo soy español, español, español, pero con administrador francés.

Canot defendió que José I “también fundó España”, o al menos “una España más limpia, racional, geométrica y con menos curas por metro cuadrado”. A continuación, pidió “dejar de juzgar el siglo XIX con ojos del siglo XXI”, aunque curiosamente sí consideró perfectamente aceptable juzgar el siglo XXI con propaganda imperial del siglo XIX.

“Pepe Botella trajo progreso”, añadió. “Otra cosa es que los españoles de entonces, manipulados por el populismo goyesco, prefirieran resistirse a ser liberados a cañonazos”.

Daoiz y Velarde, peligrosos agitadores antieuropeístas

La comitiva francesa también lamentó que figuras como Daoiz, Velarde y Agustina de Aragón sigan siendo celebradas como héroes populares. “En realidad eran activistas de la hispanofobia antifrancesa”, explicó Dupont-Lumière. “Se opusieron a un proyecto cosmopolita que consistía básicamente en poner a un Bonaparte en cada salón del trono europeo”.

Según el argumentario repartido a la prensa, el Dos de Mayo no fue una revuelta contra una ocupación extranjera, sino “un malentendido vecinal provocado por la falta de pedagogía imperial”. La carga de los mamelucos, las ejecuciones del 3 de mayo y el trauma nacional posterior fueron descritos como “momentos de fricción intercultural”.

“Hay que quedarse con lo positivo”, añadió la alcaldesa ficticia. “Francia puso los fusiles; España puso los fusilados. Eso también es mestizaje”.

Los afrancesados: la Malinche de Chamberí

El acto reservó un homenaje especial a los afrancesados, presentados como “mediadores culturales” entre el sable napoleónico y el pueblo español, una especie de versión castiza de la Malinche.

“Sin ellos no habría habido diálogo”, afirmó uno de los ponentes. “Alguien tenía que explicar al pueblo que ser invadido por Francia era, en realidad, una oportunidad de networking continental”.

La organización insistió en que los afrancesados no colaboraron con el ocupante, sino que “facilitaron sinergias administrativas ”. En el folleto del evento se podía leer: “No fueron traidores; fueron consultores de transformación pública antes de que existiera LinkedIn”.

Napoleón como agente de diversidad territorial

La delegación parisina evitó hablar de invasión y prefirió referirse a la Guerra de la Independencia como “un ambicioso proyecto europeo de integración asimétrica”. Napoleón, según la ponencia principal, no pretendía someter España, sino “abrirla al mundo”, concretamente al mundo que él mismo iba conquistando.

“España estaba atrasada, gobernada por una monarquía decadente y supersticiosa”, explicó Dupont-Lumière. “Por tanto, lo más civilizado era sustituirla por otra monarquía impuesta desde París. ¿Qué puede haber más moderno que cambiar de rey sin preguntar a nadie?”.

La frase recibió aplausos de los asistentes, entre quienes se encontraban varios nostálgicos del despotismo ilustrado, dos tertulianos, un señor con levita y un community manager buscando cómo resumir Trafalgar en un tuit motivacional.

“Habría que ser muy zote para odiar a quien te ocupa con elegancia”

En el momento culminante del acto, la alcaldesa imaginaria pronunció la frase que ya divide a las redes: “Habría que ser muy zote para odiar a quienes te trajeron acentos nasales, urbanismo racionalista y una oportunidad histórica de obedecer órdenes en francés”.

A continuación, pidió que la libertad “nunca tenga que pedir perdón por entrar en Madrid escoltada por granaderos”. El público respondió con una ovación moderada, en parte porque muchos no sabían si aquello era una performance, una rueda de prensa o el tráiler de una serie de Movistar.

La historia como parque temático

La próxima semana, según fuentes igualmente ficticias, Berlín estudia enviar una delegación a Varsovia para explicar que algunas entradas de tanques en la historia europea han sido injustamente malinterpretadas por culpa de la corrección política y la manía de los pueblos ocupados de ponerse dramáticos.

(NOTA: este post lo publiqué originalmente en Meneame.net y es una ficción irónica relacionada con la idea de la derecha española de que la conquista de México fue en realidad un acto civilizatorio)

El programa electoral del partido que yo crearía

En lugar de una escoba, si yo tuviera un partido político, este sería su programa electoral para las siguientes elecciones:

PRIMERO.- VIVIENDA

La vivienda es un bien escaso y de primera necesidad, que además requiere otro bien muy escaso que es el suelo.

No podemos seguir consumiendo suelo indefinidamente, por lo que las viviendas deben tener exclusivamente el uso al que están destinadas, ser habitadas, y no ser un bien de inversión especulativo.

Para ello, garantizando los derechos de inquilinos y de propietarios, especialmente de los pequeños propietarios y las familias, y respetando los límites constitucionales (artículos 33, 47 y 128) aprobaremos estas 6 medidas.

1.- Las personas jurídicas no pueden adquirir viviendas. Se exceptúan las entidades del sector público, las entidades sin ánimo de lucro del tercer sector social y las cooperativas de propietarios y en cesión de uso.

2.- Las personas físicas pueden adquirir solo una vivienda, además de aquella en la que estén empadronados. Pueden poseer otras viviendas solo si son adquiridas por herencia.

3.- Las viviendas que no estén ocupadas por sus propietarios como primera o segunda residencia, y que tampoco estén alquiladas, tienen un impuesto anual especial equivalente al 5% de su valor de mercado.

4.- Los arrendamientos no tienen fecha de vencimiento. Solo se extinguen por voluntad del inquilino, por incumplimiento del contrato o por necesidad del propietario o de familiar hasta segundo grado.

5.- La renta del arrendamiento está tasada según un índice estatal y las variaciones anuales son también tasadas.

6.- El procedimiento para la extinción del arrendamiento por incumplimiento del inquilino es gratuito para las partes y dura un máximo de dos meses. Si el incumplimiento es por impago de la renta, la administración se hace cargo del 100% del importe de los impagos producidos.

Estas 6 medidas benefician al 99% de la ciudadanía y solo van contra el 1% compuesto por fondos buitres, grandes especuladores, propietarios extractivistas e inquilinos aprovechados.

SEGUNDO.- TODOS LOS DEMAS ASUNTOS.

En todo lo no especificado en el punto primero, la posición del partido se basará en el antifascismo, es decir, será justamente la opuesta a la que tenga VOX.

14 ideas para ser mejor «dueño».

Dicen que no hay dos sin tres y lo que empezó como un resumen de recomendaciones para una amiga va tomando camino de convertirse en una serie.

Tras las 14 ideas para ser mejor «jefe» y las 14 ideas para ser mejor «empleado», era obvio que había que escribir sobre otro rol clave en cualquier empresa, el «dueño» o la «dueña», así que ahí van mis ideas para mejorar tu rol, espero que te sean de utilidad:

1.- Ponte límites antes de que te los ponga la realidad
Ser dueño es una tentación permanente: “como puedo, lo hago”. Y eso suele acabar mal. Define de antemano tus líneas rojas: qué cosas no harás aunque sean rentables, qué prácticas no aceptarás aunque “se hagan en el sector”, qué tipo de cliente no quieres, qué tipo de trato no vas a permitir. El dueño que no se autolimita termina siendo rehén de su propio impulso.

2.- Recuerda que no te has hecho solo (y que podrías no estar aquí)
Da igual si empezaste “desde abajo”: la frase “yo no debo nada a nadie” suele ser arrogancia con traje de autosuficiencia. Tu historia está hecha de gente que te abrió puertas, de contexto, de suerte, de época, de familia, de salud, de país, de oportunidades. Si hubieras nacido en otro lugar o en otro momento, tu vida sería otra. La gratitud no es postureo: es higiene moral. Y se nota en cómo tratas a los demás.

3.- Propósito primero; rentabilidad como condición, no como sentido
La rentabilidad es importante (sin ella la empresa enferma o muere), pero no es el propósito. Es “alimento”: necesario, pero no el sentido de la vida. Si tu único relato es el margen, acabarás rodeado de gente que solo sabe optimizar margen… y se irá en cuanto otro pague más. Busca el propósito real y rodéate de personas que quieran construirlo contigo.

4.- Educa tu ego (o tu ego educará a la empresa)
El ego del dueño es un animal con hambre: quiere tener razón, quedar bien, ganar todas las discusiones, aparecer como el que “lo vio antes”, y que nadie le contradiga. Y cuando manda el ego, la empresa se vuelve un teatro: la gente aprende a aplaudir, a callar, a maquillar datos y a decirte lo que quieres oír.
Educar el ego es aceptar límites, pedir perdón rápido, escuchar sin preparar la respuesta, y cambiar de opinión sin vivirlo como una humillación. Es entender que el respeto no se arranca por jerarquía: se construye por conducta. Y es recordar, cada día, que el título de “dueño” no te hace mejor: solo te hace más responsable.

5.- Tu palabra es parte del producto
En una empresa la gente no solo trabaja con máquinas, trabaja con expectativas. Si cambias prioridades cada semana, si prometes y luego te olvidas, si “ya veremos” significa “no”, generas ruido, cinismo y fatiga. Sé sobrio con lo que anuncias y obsesivo con lo que cumples. Y cuando no puedas cumplir, dilo pronto y sin excusas creativas. Tu credibilidad no es un valor “blando”: es infraestructura operativa.

6.- Protege el desacuerdo (de verdad)
Una empresa sana discute. Una empresa enferma asiente. Si cada vez que alguien te lleva la contraria le cortas el aire (con ironía, con castigo o con indiferencia), lo que obtienes no es lealtad: es silencio. Crea mecanismos para que te corrijan: revisiones de decisiones importantes, espacios donde se puedan decir malas noticias sin pagar peaje, preguntas obligatorias antes de aprobar proyectos. El dueño que solo recibe buenas noticias se compra el desastre a plazos.

7.- No eres “el más listo”: rodéate de gente mejor que tú (y hazles caso)
Tu trabajo no es tener todas las respuestas. Es hacer buenas preguntas, detectar sesgos, y construir un sistema donde el conocimiento circule. Si tu ego necesita ser el más inteligente en la sala, contratarás “gente cómoda”, y esa es una receta lenta de mediocridad.

8.- No pretendas que cada trabajador actúe como dueño (porque no lo es)
No puedes exigir “mentalidad de propietario” cuando la realidad del contrato es otra: distinto riesgo, distinto control, distinto retorno, distinta voz. Pide profesionalidad, compromiso razonable y coordinación. Si quieres más implicación, crea condiciones: autonomía real, información, participación y reparto de valor. Pero no vendas épica para tapar desigualdad.

9.- Si quieres compromiso, comprométete tú primero con su bienestar
Bienestar no es fruta en la oficina. Es salud, seguridad, cargas razonables, prevención, horarios humanos, estabilidad, derechos, y un futuro mínimamente previsible. Y también es dignidad: trato justo, procesos claros, canales de queja seguros. La justicia también es trabajo (y también es gestión).

10.- No les “haces un favor” pagando un salario: te entregan tiempo de vida
Tus trabajadores te dan lo más valioso: una parte grande del tiempo disponible de su vida. Pagarles no te convierte en benefactor; te convierte en parte de un pacto. Pregúntate: ¿pueden sentirse orgullosos de ese tiempo? ¿Pueden crecer? ¿Pueden conciliar? ¿Pueden mirar atrás y pensar “mereció la pena”? Si la respuesta es no, tienes un problema cultural, aunque la cuenta de resultados salga.

11.- No pidas sacrificios mientras tú te blindas
Si un año va mal y pides contención, estabilidad y esfuerzo, revisa primero tus propias reglas: dividendos, sueldos directivos, gastos “de dueño”, caprichos con etiqueta de “estrategia”, proyectos vanidosos, privilegios que nadie se atreve a discutir. La gente tolera la dificultad; lo que no tolera es la injusticia. Si las pérdidas se socializan y los beneficios se privatizan, la cultura se rompe aunque el Excel cuadre.

12.- Alégrate de pagar impuestos (sí, alégrate)
Pagar impuestos significa que la empresa va bien… y que estás devolviendo parte de lo que hace posible tu negocio: sanidad, educación, infraestructuras, justicia, seguridad, estabilidad institucional. Todo eso no es “decorado”: es el suelo sobre el que se sostiene tu cuenta de resultados. Entender esto te vacuna contra el discurso antisocial del “Estado estorba”.

13.- Tu empresa es un agente social: el bien social y ambiental no es marketing
No es solo “cumplimiento” ni “RSC de escaparate”. Es responsabilidad real: cómo contratas, cómo compras, cómo produces, qué residuos generas, qué energía consumes, qué impacto tienes en tu entorno y en la vida de las personas. La sostenibilidad no es una sección del informe: es una forma de decidir.

14.- No externalices el daño (paga el precio completo de tus decisiones)
Una mala decisión no siempre es ilegal. A veces “sale” en la cuenta de resultados porque el coste lo paga otro: el trabajador (estrés, salud), el proveedor (asfixia), el cliente (engaño), el barrio (ruido), el planeta (residuos), o el futuro (deuda moral). Y eso, aunque funcione hoy, te rompe mañana. Antes de decidir, pregunta distinto: ¿qué coste estoy desplazando fuera de mi cuenta? ¿A quién le estoy pasando la factura? ¿Qué estoy normalizando en mi empresa cuando hago esto “porque se puede”? La ética, en una empresa, es precisamente esto: no construir tu ventaja sobre la debilidad de otros. Y cuando te acostumbras a pagar el precio completo, tus decisiones empiezan a ser mejores… incluso para el negocio.

14 ideas para ser mejor «empleado»

El otro día una compañera me pedía orientación para un nuevo puesto de mando intermedio que le tocaba desarrollar y escribí un post con 14 ideas para ser mejor «jefe», a raíz del cual, otro compañero me decía que estaría bien escribir algo para todas las demás personas, es decir, para quienes no tienen ese tipo de responsabilidad, así que aquí van otras 14 ideas en este caso para ser un mejor empleado o empleada:

1.- Hazte cargo de tu parte (aunque no seas “el responsable”)
En absoluto se trata de “cargar con todo”, sino de no desentenderse. Si ves un problema que te afecta, muévelo: investiga, propón y pide ayuda si hace falta. No esperes a que alguien “te lo mande” para actuar cuando es evidente. La responsabilidad se nota en los detalles: cerrar flecos, avisar a tiempo, dejar las cosas mejor de como las encontraste. Actuar solo como «un mandao» puede resultar confortable, pero también te rebaja como persona y como profesional.

2.- Muéstrate fiable: calidad, plazos y expectativas claras
La confianza se construye con consistencia, no con heroicidades puntuales. Define qué vas a entregar, cuándo y qué significa “terminado” (para ti y para quien lo recibe). Si hay incertidumbre, dilo: es mejor un “no llego con este alcance” que un silencio y un desastre al final. Y cuando entregues, entrega bien: limpio, entendible, usable.

3.- Comunica temprano, concreto y sin drama
Los problemas no matan a los proyectos pero las sorpresas sí. Haz pequeños “checkpoints” de estado: qué está hecho, qué falta, qué te bloquea y qué riesgos ves. Si algo se tuerce, dilo pronto, con datos y a poder ser con una propuesta de salida. Evita el victimismo innecesario pero evita también el optimismo mágico. Mejor ser realista con sosiego.

4.- Cuida el clima: cero mal rollo, pero sin falsa armonía
Un equipo con mal ambiente se vuelve insoportable: baja la energía, suben los roces y todo cuesta más. Pero ojo: buen clima no es “aquí nunca pasa nada” ni sonrisas obligatorias. Los problemas hay que sacarlos, sí, pero sin malos modos: con hechos, con respeto y con la intención de arreglar, no de ganar. Y si algo te molesta, dilo a la persona adecuada, a tiempo, y con un tono que permita conversación; el silencio rencoroso y el sarcasmo son gasolina.

5.- Pregunta bien antes de ejecutar
Antes de lanzarte, asegúrate de entender el problema: “¿qué queremos conseguir, exactamente?”. Aclara alcance, restricciones y criterios de éxito; muchas veces ahí está la mitad del trabajo. Las buenas preguntas ahorran semanas de hacer algo perfecto… pero inútil. Y si algo no encaja, dilo: preguntar no es molestar, es profesionalidad.

6.- Prioriza con criterio y gestiona tu capacidad
No todo es urgente y no todo cabe en la semana. Controla tu “trabajo en curso”: cuanto más acumulas abierto, más lento avanzas. Si te meten una tarea nueva, pregunta qué se cae de la lista (si todo entra, nada es prioridad). Aprender a negociar prioridades no es rebeldía; es cuidar la calidad y los plazos de verdad.

7.- Aporta soluciones siempre que puedas, no solo diagnósticos
Poner encima de la mesa lo que no funciona es necesario, y construir alternativas cuesta, pero es lo que cambia las cosas. Si ves un problema, intenta traer algunas soluciones, aunque sean imperfectas. Si tienes una recomendación, dilo claramente (y acepta que a veces se decidirá otra cosa). El equipo necesita gente que piense en términos de “qué haría yo ahora”. Y si no hay solución, al menos delimita bien el problema.

8.- Mantente aprendiz: curiosidad, oficio y ganas de mejorar
El valor profesional se devalúa si no lo actualizas. Aprende de forma continua: nuevas herramientas, nuevas formas de trabajar, y también nuevas maneras de comunicarte y colaborar. No hace falta “estar a la última” en todo, pero sí mostrar interés genuino por lo que cambia y por lo que otros saben. Pregunta, prueba, equivócate barato y recoge aprendizajes. Y además, esta actitud te hace más empleable: primero dentro de tu empresa (porque te vuelves más útil y versátil) y también fuera (porque acumulas capacidades transferibles).

9.- Gestiona hacia arriba: ayuda a tu jefa/jefe a ayudarte
No esperes que adivinen tus bloqueos, tus dependencias o tus dudas. Llega a las conversaciones con claridad: “esto es lo que he hecho, esto es lo que necesito, estas son las opciones”. Pide decisiones cuando hagan falta y sé explícito con los riesgos. Gestionar hacia arriba no es peloteo; es coordinación inteligente. Y al final te ahorra muchos “malentendidos”.

10.- No tienes que ser perfecto: aprende, corrige y sigue
La perfección fingida suele traer ocultación, y eso es veneno para un equipo. Equivocarte entra en el pack; lo importante es cómo respondes: reconocer, corregir rápido y aprender. Pide ayuda antes de hundirte y no esperes a estar al límite para levantar la mano. El buen profesional no es el que no falla, sino el que mejora. Y se le nota con el tiempo.

11.- Pon límites sanos: cuidar tu trabajo no es “ser difícil”
Decir “sí” a todo suele acabar en trabajos mediocres, agotamiento y resentimiento. Pon límites con calma y con alternativas: “puedo hacerlo, pero entonces esto se retrasa” o “puedo hacerlo con este alcance”. Respeta tus horarios salvo excepciones justificadas y diferencia lo urgente real de lo urgente emocional. Los límites protegen tu salud y la calidad del trabajo. Y también enseñan a los demás a planificar mejor.

12.- Defiende tus derechos y los de tus compañeros: la justicia también es trabajo
Ser buen empleado no es ser sumiso; es ser digno. Si hay abuso, trato injusto, discriminación o trampas (de horario, de cargas, de méritos), no lo normalices “para no buscar líos”. Señala lo que pasa con hechos, busca aliados y utiliza los canales que existan (y si no existen, pide que existan). Pelear por lo justo puede incomodar, pero mejora el lugar para todos. Y suele empezar por algo sencillo: nombrar el problema sin insultar a nadie, pero con firmeza.

13.- Evita la política de pasillo: valentía tranquila y conversación directa
Los triángulos desgastan: “yo se lo digo a X para que Y…” y ya tienes incendio. Si hay un conflicto, intenta hablar con la persona adecuada, con hechos y con respeto. No alimentes rumores ni te conviertas en mensajero de quejas eternas. Defender lo justo no requiere dramatismo; requiere claridad. Y, cuando haga falta, deja por escrito acuerdos y decisiones para evitar reinterpretaciones.

14.- Integridad: no compres atajos que te cuestan la reputación
No te apropies del trabajo ajeno, no maquilles resultados, no manipules métricas. Cuida la confidencialidad y el respeto con la información sensible (de negocio y de personas). La reputación profesional es un capital lento de construir y rápido de perder. A veces el atajo parece rentable… hasta que deja de serlo. Y entonces ya es tarde.

14 ideas para ser mejor «jefe»

Una compañera me pide consejo para una nueva etapa profesional como «mando intermedio», así que me ha parecido interesante compartir con ella, y con quien le pueda venir bien, algunas ideas que desde mi experiencia veo que son fundamentales:

1.- Antes que buen jefe: procura ser mejor persona
No hay liderazgo sano sin calidad humana. Trabaja tu carácter como parte del trabajo: empatía, amabilidad, asertividad, coherencia, justicia… Tu ejemplo “educa” a la organización: lo que toleras y lo que premias se contagia.

2.- Piensa bien y acertarás
Confía en las demás personas, en que nada de lo que hacen y dicen es para dañarte, y de ese modo nunca saldrás herido. Ante la duda, no juzgues de inmediato, seguro que te estás perdiendo algo así que indaga y pregunta desde la sinceridad y el cariño.

3.- El cargo te dará poder, pero la autoridad solo te la concede el equipo
El cargo te da atribuciones; la autoridad real te la da la gente cuando ve que contigo hay claridad, cuidado y resultados. Mide tu liderazgo por efectos: clima, coordinación, aprendizaje y servicio mejorado.

4.- Escucha el doble de lo que hablas
Escuchar no es asentir: es entender (y hacer que la otra persona se sienta entendida y atendida, lo que no significa que tengas que compartir lo que dice). Practica preguntas abiertas, reformulación, silencios útiles y verificación (“si te he entendido…”). Y decide mejor: la escucha reduce errores y conflictos “fabricados”.

5.- Transparencia radical: dentro y fuera
La información es poder, y un buen jefe comparte el poder, así que comparte la información todo lo posible, y si no puedes por algún motivo, explícalo. Evita la opacidad (que genera rumor y defensas). Explica el “por qué” de las decisiones, los criterios, y lo que sí/no está en tu mano.

6.- Participación real, no decorativa
Si pides ideas y participación pero las decisiones ya están tomadas, solo generas cinismo. Diseña participación donde sea posible (y cuando no sea posible, explícalo): información compartida, espacios deliberativos, y reglas claras de decisión (quién decide qué, con qué criterios, y cuándo).

7.- Haz que hablen también quienes no suelen hablar
La “inteligencia colectiva” no aparece sola: se facilita. Cuida turnos, ritmos, síntesis y acuerdos. Protege a las voces minoritarias y evita que el volumen o el rango sustituyan a la calidad del argumento.

8.- Reuniones que produzcan valor
Reunión sin propósito = desgaste. Las reuniones son una fantástica herramienta, pero hay que usarla bien: objetivo explícito, agenda mínima, tiempos, decisiones/acuerdos con responsables y fechas, y seguimiento. Haz menos reuniones, pero mejores reuniones.

9.- Confianza por defecto y control solo el imprescindible
Delegar no es desentenderse: es dar contexto, objetivos y margen, y pedir rendición de cuentas razonable. El microcontrol mata la iniciativa pero la ausencia de marco genera caos e incertidumbre. Busca el punto de equilibrio.

10.- Mide y haz seguimiento para mejorar, no para vigilar
Elabora con tu equipo indicadores simples, visibles y revisados con el propio equipo: sirven para aprender, priorizar y corregir. Si se convierten en “arma”, la gente lógicamente optimiza el indicador, no el servicio.

11.- Decidir con pruebas éticas (y explicitar el criterio)
Antes de decidir, somete la opción a preguntas de reversibilidad (“¿me parecería justo si yo estuviera al otro lado?”), transparencia (“¿podría explicarlo sin rubor?”), impacto (“¿a quién beneficia/perjudica?”) y consistencia (“¿qué precedente crea?”). Y luego explica el criterio: eso baja la conflictividad.

12.- Mejora continua: cuestiona el “siempre se ha hecho así”… con inteligencia
Sí: revisa procesos, simplifica, innova y elimina inercias. Pero antes de cambiar, entiende por qué algo es como es. Recuerda la Valla de Chesterton: si no sabes para qué sirve la valla, quitarla puede provocar un problema mayor que el que querías resolver. Investiga primero (historia, riesgos, restricciones legales/técnicas, lecciones aprendidas), cambia después.

13.- Reparte bien lo que importa: reconocimiento, oportunidades y equidad
Seguramente no te competa repartir beneficios, pero seguramente sí otras cuestiones muy relevantes: crédito, visibilidad, proyectos interesantes, aprendizaje, flexibilidad y trato justo. Si el reparto es arbitrario o siempre para los mismos, el equipo se rompe en silencio.

14.- Coherencia y calma: presencia, límites y responsabilidad
La amabilidad sin límites se vuelve debilidad; la firmeza sin cuidado se vuelve dureza. La asertividad bien entendida es esto: claridad, respeto y consecuencias consistentes. Y, cuando te equivoques, corrige rápido: pedir perdón y ajustar es una forma alta de autoridad.

(Y por si te interesa, otras 14 ideas para ser mejor «empleado»)

Los planes cívicos que hicieron posible la transición hacia Biopolis Cantábrica.

Quien llegue por primera vez a esta serie podría pensar que todo empezó con una gran ley o con una máquina milagrosa. En realidad, el giro se produjo cuando entendimos que ninguna institución por sí sola podía sostener el doble anillo de la Rosquilla —garantizar lo básico sin desbordar los límites ecológicos— si la sociedad organizada y la ciudadanía no movían al tiempo sus propias piezas. El capítulo anterior narró el arranque político de la transición, desde la Revolución del Micelio hasta el efecto dominó del Plan Greta, y presentó su triple armazón que en Euskadi se denominó como Plan Nagusi (instituciones), Plan Zabala (sociedad organizada) y Plan Zehatza (personas y hogares). Para quien no leyera aquel capítulo, baste con esta brújula: Nagusi abre la puerta y asegura el marco; Zabala llena de músculo cooperativo el esqueleto; Zehatza convierte el cambio en hábitos cotidianos que no dependen de heroicidades. Lo sorprendente fue comprobar que ninguna de las tres piezas funciona sin las otras dos. El resultado no fue un decreto, fue una coreografía.

Para situar el motivo profundo de Zabala y Zehatza conviene recordar dos decisiones fundacionales. La primera, política: la soberanía de lo común descansa en una Asamblea sorteada que decide con consentimiento amplio y una Junta de Garantías que veta lo que daña la biosfera o deja a alguien bajo el umbral de suficiencia. La segunda, material: además de los Euros, incorporamos los Codos, una contabilidad honesta del impacto, que pone precio en límites a cada acción y recompensa cualquier mejora que, de forma verificable, amplíe el margen seguro del sistema. Con esa doble regla en la cabeza se entiende por qué los planes “de fuera hacia adentro” —leyes, compras públicas, banca de rotación sin interés, fideicomiso del hábitat, nube cívica— necesitaban un espejo “de dentro hacia fuera”: gremios que rehacen sus oficios con cuentas abiertas, medios que sustituyen ruido por contexto, cooperativas que hacen del contrato de precompra la nueva normalidad, y vecindarios que convierten una tarde al mes de Servicio Básico Comunitario en el cemento de la convivencia.

El Plan Nagusi, ya desplegado en el capítulo anterior, fijaba el suelo institucional para que nada esencial quedara al albur del mercado ni de la buena voluntad. Pero Nagusi era, por diseño, un tronco sin ramas si Zabala no articulaba la sociedad organizada en torno a misiones compartidas y si Zehatza no activaba la potencia humilde del día a día.

Zabala es el pacto de la sociedad organizada con la transición. Nace donde se encuentran la ética profesional y el interés bien entendido de quienes producen, comunican, cultivan, diseñan o cuidan. Su fuerza estuvo en tres rasgos: eligió misiones concretas (no consignas vagas), asumió la transparencia como estándar técnico —las “cuentas abiertas” que hoy dan confianza donde antes había sospecha— y compartió resultados con licencias recíprocas para que lo útil se multiplicara. Esa combinación convirtió a gremios, universidades, clústeres y movimientos en una sola red de aprendizaje, con métricas de Codos que separaron la retórica de la mejora real. Con ese enfoque, el plan se articuló así:

1.- Gremios de Bien Común por oficios. Sindicatos, colegios profesionales y asociaciones empresariales, voluntariamente se reúnen para configurar los Gremios del Bien Común con el objetivo de adoptar medidas conjuntas que encajen las actividades económicas respectivas entre os límites de “la rosquilla”.

2-. Pacto de la Economía Social y Solidaria por las “cuentas abiertas”. Cooperativas, asociaciones, ONG, y fundaciones voluntariamente adoptan contabilidad pública estandarizada y licencias recíprocas en proyectos financiados, para elevar la confianza social y acelerar la reutilización de soluciones útiles.

3.- Red de Consorcios de Misión con universidades y FP. Campus, centros de FP y laboratorios ciudadanos se alinean en misiones concretas (p. ej., envolventes de madera local, agrovoltaica ligera, gemelos ecosociales de cuenca) con resultados compartidos y métricas de “Codos” ahorrados, preparando la regla 1% de mejora para quien aporte avances.

4.- Medios comunitarios y radios de Comba federadas. Creación de una malla de micromedios con “hoja de servicio” (fuentes, datos, coste en Codos) y moderación restaurativa, que alimenten el Patio Federado y sustituyan prácticas adictivas por contexto y trazabilidad.

5.- Pacto Alimentario Vasco. Cooperativas agrarias, cofradías, cocineras y consumidores firman contratos de precompra, bancos de semillas locales, circuitos de fermentación y conservas, y cocinas por barrio para garantizar menús normocalóricos y de estación, con participación ciudadana en turnos SBC.

6.- Alianzas industriales para circularidad real. Clústeres industriales pactan pasaportes de materiales, reutilización de calor residual y gemelos ecosociales de plantas piloto para medir “delta-Codo” antes de escalar.

7.- Acuerdo por el Hábitat Digno. Colegios profesionales, cooperativas y movimientos de vivienda priorizan rehabilitación profunda frente a obra nueva, plantillas de contrato comprensibles y mediación restaurativa para conflictos de convivencia, preparando el régimen de derecho de uso.

8.- Carta Ética Digital compartida. Universidades, medios y plataformas locales asumen una carta que prohíbe explotación de datos y publicidad conductual, exige algoritmos explicables y auditable el cloud público, y establece ventanas de silencio por defecto.

9.- Círculos restaurativos como respuesta preferente a conflictos. Juzgados de paz, colegios de abogacía, servicios sociales y asociaciones implementan dispositivos restaurativos para conflictos leves y de vecindad, con guías claras y plantillas de acuerdo reutilizables, descargando burocracia y entrenando habilidades sociales hoy.

10.- Federación vasca de Combas. Las Combas se federan para compartir metodologías, actas y agendas y activar auditorías ciudadanas por muestreo de cuentas públicas y contratos. Este músculo cívico es el antídoto contra la captura y permite que el sistema aprenda.

Si Zabala es el marco compartido de las organizaciones, Zehatza es el pacto íntimo con el que cada quien ensambla su vida a esa arquitectura. Nació de una convicción sobria: no hay transición sólida si el día a día de las personas se vive como sacrificio sin sentido. Por eso Zehatza evitó el catecismo y, en su lugar, propuso diez gestos con impacto alto y verificable, diseñados para encajar en agendas reales, medibles en Codos y anclados en comunidad.

1.- Participar en una Comba y cumplir un turno mensual: una tarde al mes en cocina de barrio, reparto en bici, huerta urbana o mediación vecinal. El tiempo comunitario es el cemento de la transición.

2.- Reducir drásticamente la carne y elegir proteína de pasto rotacional o vegetal local: Menos cantidad, mucha más calidad y trazabilidad. Cada compra es un voto por el mosaico agroecológico que necesitamos y contra la agroindustria intensiva.

3.- Moverse a pie, en bici o en transporte público y renunciar al segundo coche y al avión: El ahorro en emisiones, suelo urbano y dinero es inmediato, y acelera la “ciudad de 15 minutos” que el plan institucional va a desplegar.

4.- Cambiar el contrato energético a una comunidad local y participar en su asamblea: Comunidades solares/baterías de barrio con gobernanza abierta.

5.- Adoptar “cuentas abiertas” en lo que puedas: si eres autónoma, cooperativista o profesional, publicar precios, costes y criterios fortalece la confianza y educa en transparencia, base del modelo productivo Biopolis.

6-. Pasarte a banca ética o pública y exigir “no interés” en proyectos de misión: tu ahorro es palanca. Moverlo a entidades que financian transición sin usura acerca el Fondo de Rotación del Plan Nagusi a la vida cotidiana.

7.- Practicar reparación y segunda vida de objetos: unirte al banco de herramientas, talleres de reparación y bibliotecas de objetos del barrio. Reducir demanda material hoy es ganar Codos para mañana.

8.- Adaptar voluntariamente el cómputo de Codos: conocer cuanto impacta mi actividad para aprender a encajarla en los límites del ecosistema.

9.- Alfabetización ecosocial y digital básica: aprender a leer una factura energética, un mapa de cuenca, una licitación pública y el “por qué” de una recomendación algorítmica. La Biopolis funciona porque la gente entiende lo que decide.

10.- Exigir y practicar conversación con contexto, no con grito: abandonar las redes adictivas y moverse al Patio Federado local, donde toda afirmación pública viaja con sus datos y su rastro de decisiones. La salud mental y democrática lo agradece.

La lógica de Zehatza fue siempre doble: sumar acciones con efecto inmediato y, a la vez, educar el músculo cívico para sostener decisiones más exigentes cuando hiciera falta. Zabala y Zehatza dieron, juntos, el sentido que a veces le falta a la gran política. Convirtieron el “qué” institucional en un “cómo” practicable y digno, y lograron que el cambio se pareciera a la vida de la gente, no a un decreto que cae desde arriba. Si hoy alguien abre por primera vez este proyecto y se pregunta por qué funcionó, la respuesta está aquí: porque cada oficio, cada barrio y cada persona encontraron su papel reconocible y medible; porque nada importante quedó sin trazabilidad; porque el conocimiento útil se compartió por defecto; y porque la conversación pública dejó de ser una máquina de ansiedad y volvió a ser un trabajo con reglas y con rostro. El resto —las leyes, las infraestructuras, las herramientas— encajó en estos dos planes como la mano en el guante. Y así la transición dejó de ser una promesa y empezó a ser un cotidiano razonable que podemos mirar de frente.

Del precipicio a la «rosquilla», la crónica de la transición hacia la Biopolis Cantábrica.

Me preguntáis mucho cómo fue posible que se pasase de la situación del 2025, con un panorama global desolador, con la ultraderecha, los populismos fascistas y el capitalismo ultraliberal campando a sus anchas por buena parte el planeta, con los objetivos de descarbonización cada vez más lejos y con un panorama general de huida hacia delante hacia el precipicio.

(Puedes ver aquí todos los artículos de esta serie, cada uno de ellos dedicado a una temática concreta).

Como en otras épocas de la historia, los cambios vinieron precedidos de eventos catastróficos y de gran impacto social. En esto caso no fue la tercera guerra mundial (que en aquellos años veinte realmente parecía no estar lejos) sino una serie de catástrofes climáticas encadenadas que afectaron de lleno a buena parte de Europa lo que encendió la mecha de una enorme revolución radical pero mayoritariamente pacífica en casi todo el continente.

Es lo que conocemos como la Revolución del Micelio que se inició en Francia y rápidamente se extendió por Reino Unido, Países Bajo, Alemania, Austria, Italia, Grecia, y por supuesto España. También se sumaron otros países nórdicos y del este europeo, así como varios del norte de África, y de ahí se fue extendiendo.

La Revolución no partió de la nada, claro. Previamente hubo años de protestas, de movilizaciones de todo tipo, de acciones no violentas y reivindicativas de toda índole, de organización, de debate y de propuestas. También de fracasos, de experimentos fallidos, de traiciones e incluso de intentos de cambios violentos, que nos hicieron retroceder más que avanzar.

Pero en 2028 en Francia se armó una enorme coalición formada por partidos políticos de todo el arco excepto la ultraderecha, por los sindicatos, por todos los movimientos sociales, ecologistas, etc, etc. Toda la sociedad organizada se unió en torno al Plan Urgente para la Transición Ecológica y la Justicia Social, más conocido como el Plan Greta, ya que Greta Thunberg fue una de las líderes sociales que lo impulsó de manera decida.

Este Plan tenía un triple decálogo de medidas urgentes que se debían adoptar: un decálogo de medidas a tomar por parte de las instituciones, otro decálogo con medidas a desarrollar por los movimientos sociales, y un tercer decálogo con las cosas que cada persona podía afrontar de manera individual o familiar.

Los partidos políticos franceses, con el respaldo de toda la sociedad organizada, se presentaron a las elecciones con el Plan Greta y barrieron a sus oponentes, que en realidad eran muchos menos pero armaban mucho ruido. De repente, como si hubiera una inmensa fuerza social dormida, la mera posibilidad de una alternativa que pudiese compatibilizar el auténtico buen vivir con los límites ecosistémicos, despertó a la sociedad que abrazó las nuevas ideas con un entusiasmo y una energía no vistas desde hacía muchísimas décadas. El nuevo Gobierno se puso manos a la obra de inmediato para canalizar toda esa energía, así como todas las organizaciones sociales y la ciudadanía, cada cual con su parte en el Plan.

El ejemplo cundió también rapidísimamente por los demás países y en todas las siguientes elecciones se presentaron coaliciones similares que llevaban el Plan Greta adaptado a su propio contexto. Lo que hasta hacía solo unos meses había sido el único sistema político, social y económico que parecía posible, se disolvió como un castillo de arena en cuanto la marea popular comenzó a armar una alternativa.

Aquí en Euskadi los Planes se denominaron Plan Nagusi, Plan Zabala y Plan Zehatza y contenían medidas muy radicales en aquel momento, pero que obtuvieron un respaldo abrumador a nivel social, convirtiendo a Euskadi en un referente mundial y vanguardia en la creación de las Biopolis.

Las 10 medidas del Plan Nagusi que se llevaron a cabo desde las instituciones fueron las siguientes:

1.- Ley de Garantía de Derechos Básicos y de establecimiento de los Límites Ecológicos. Un panel de personas expertas define los límites ecológicos que tenemos como sociedad, identificando cinco parámetros básicos: el presupuesto de carbono territorial neto, el balance hídrico ecosistémico, la integridad y conectividad de la biosfera, el estado del suelo y los ciclos de nutrientes, y el presupuesto material y de sustancias preocupantes. Cada uno de estos parámetros tiene indicadores y datos objetivos que en adelante se consideran limites infranqueables de cualquier actividad o decisión que se tome. Se establece un presupuesto tope global de consumo de todo ello, que sea compatible con los límites ecológicos.

Sobre la base de esos límites se hace una primera proyección para cubrir todas las necesidades básicas de toda la población  (agua, alimentación, energía doméstica, vivienda de uso, educación, sanidad, ropa, cuidados, movilidad de proximidad, justicia y cultura). Estos limites se aplicarán a toda la normativa y a toda la actividad. Inicialmente en muchos casos se hará de manera voluntaria y pedagógica, para ir transitando hacia una obligatoriedad a medida que hay medios para su cumplimiento.

Cada producto o servicio tiene asignado un valor en «Codos», una nueva medida que indica el «gasto» del presupuesto total que supone ese producto o servicio.

La norma blinda el acceso universal a la cesta de bienes y servicios esenciales, con precios regulados y un “piso de suficiencia” financiado vía presupuestos y contratación pública orientada a misión. Todo el entramado anterior de ayudas, subsidios, prestaciones de diverso tipo, se reorientan y concentran en la denominada “Garantía del Bienvivir Común” (popularmente llamada la “tarjeta verde”) que inicialmente se configura como un ingreso básico que se regularizaba con el sistema de pago de impuestos anterior.

Se establece un sistema de impuestos que grava inicialmente al tipo máximo del 99% la percepción de rentas a partir de 200K€ anuales y el patrimonio individual superior a 3M€. Estas cifras se van ajustando posteriormente a medida que el sistema se va desarrollando.

Esta ley incluye una tarjeta cívica digital interoperable para identificar derechos y facilitar la operación posterior de asignaciones universales.

2.- Creación de la Asamblea Ciudadana por sorteo y de la Junta de Garantías Ecosociales. Un decreto-ley inicial y, a continuación, ley específica que instituya una Asamblea de 100 personas sorteadas para deliberación y decisión con amplísimo respaldo, y una Junta de 100 personas con méritos acreditados para vetar decisiones que vulneren límites ecológicos o de cobertura de necesidades. No sustituye al Parlamento, lo complementa, pero introduce ya la lógica de veto ecosocial y consentimiento amplio que vertebra el sistema posteriormente.

3.- Banca Pública para la Transición (BPT) y Fondo de Rotación sin Intereses: Reprogramar la banca pública y unificar instrumentos dispersos en un fondo único de capital paciente sin interés para unidades de producción comunitaria y cooperativas de interés ciudadano. Se financian proyectos que reduzcan “Codos” (huella material/energética) o abaraten lo básico.

Toda la ciudadanía que lo desea, voluntariamente, puede hacer sus depósitos en esta banca pública que financia sin intereses, y se legislan las reglas para que haya entidades privadas que funcionen también del mismo modo. A la banca tradicional se le exige inicialmente un 30% de su actividad financiera en esta línea, lo cual va creciendo luego con el tiempo.

4.- Infraestructura digital pública: IA organizadora, gemelo digital, nube soberana, identidad cívica, y “Patio Federado”. Desplegar las principales herramientas tecnológicas públicas que ayudaran en la gestión posterior de todo el sistema. Esta es la base del ecosistema digital abierto que hace operativa el sistema y que irá creciendo y desarrollándose posteriormente.

5.- Creación del Fideicomiso Cívico del Hábitat. Constituir un trust cívico del suelo, viviendas, equipamientos y suelos fértiles, priorizando rehabilitación y uso sobre propiedad comercializable, con pasaportes de materiales y planes de mantenimiento abiertos. Todo el suelo y todos los inmuebles públicos se incluyen en ese fideicomiso. Se incluyen también el usufructo forzoso de viviendas de propietarios, personas físicas o jurídicas, titulares de más de 5 inmuebles de este tipo. También se incluyen inicial y voluntariamente propiedades privadas de todas las personas que lo deseen, de las cuales se cede el usufructo al fideicomiso, a cambio de exenciones fiscales que gravan al resto, en función de su uso o no uso, y de su alineación con los limites ecológicos. Todas las viviendas del Fideicomiso Cívico se usan para alojamiento asequible sin que se pueda transmitir en ninguna circunstancia la plena propiedad de las mismas.

6.- Programa de Servicio Básico Comunitario (SBC) y Consorcios de Misión. Regulación de un SBC voluntario y remunerado (turnos de 3 horas/semana) en pilares esenciales —alimentación, cuidados, hábitat, movilidad— y creación de Consorcios de Misión público-comunitarios para retos concretos (p.ej., electrificación de logística costera, rehabilitación energética masiva). En un plazo razonable, el SBC voluntario se ampliará y se convertirá en obligatorio.

7.- Compras públicas con “cuentas abiertas” y métrica de impacto tipo “Codos”. Aprobación de un estándar de contratación que exija contabilidad abierta, trazabilidad y una métrica de impacto ecosocial comparable —un precursor de los “Codos”— en cada licitación. Gana quien demuestre menor coste ecosocial a igualdad de resultado. La contratación pública pasa a ser la palanca que orienta mercados hacia el modelo posterior.

8.- Red de Comunidades de Base -“Combas”- y cocinas de barrio como infraestructura cívica. Financiación y apertura de una red de centros de base en barrios y pueblos (las «Combas», de unas 150 personas cada una), con salas de deliberación, cocinas de barrio y bancos de herramientas, que operen turnos comunitarios y atiendan apoyos cotidianos. La Comba es el “lugar” donde la ciudadanía aprende a decidir y a cuidarse, y es básica en el diseño posterior del sistema.

9.- Plan Alimentario Territorial con mosaicos agroecológicos y reservas estratégicas. Se realiza un plan completo para reorientar la actividad primaria de manera que permita la autosuficiencia para alimentar a la población en 5 años, lo que implica ordenar cuencas y valles para autosuficiencia básica: corredores agroforestales, marisqueo y acuicultura artesanal, reservas de grano/legumbre/aceite, contratos de precompra con cooperativas y logística eléctrica de corto radio. Se prioriza lo poco procesado, con cocinas de barrio y trazabilidad.

10.- Movilidad de 15 minutos, desincentivo al vehículo privado y electrificación. Se aprueba un bono único para movilidad que permite a cada persona realizar desplazamientos usando diferentes transportes públicos y que tiene un coste sufragado con la “tarjeta verde”. El uso de otros medios aumenta o disminuye el saldo de la tarjeta verde en función de si están dentro o fuera de los límites. Inicialmente se plantea con un uso voluntario y pedagógico, para ir transitando hacia un uso obligatorio.

En Biopolis Cantábrica la justicia escucha porque la máquina se quedó con el proceso y nosotr@s con las personas.

Durante años mi oficio fue una coreografía de plazos, folios y silencios de pasillo en los que la ansiedad se medía por el ritmo de los plazos. En aquel mundo, la mitad de mi jornada era un intento permanente de no perderme entre demandas, notificaciones cruzadas y formatos que pedían obediencia más que pensamiento. La primera vez que vi al sistema de tramitación automática hacerse cargo de un expediente completo —desde la validación de los requisitos hasta la cita para la audiencia— sentí una mezcla de alivio y desconfianza, porque no sabía si aquello me haría menos abogado o, por fin, me permitiría serlo del todo. Hoy, varios años después, puedo decir que aquel traspaso de la parte burocrática de la administración de justicia a la IA no nos vació el oficio, sino que nos devolvió su sentido: nos dejó la conversación, el cuidado, la restauración y el conflicto entendido como energía social que hay que saber conducir sin que se desborde ni se apague.

(Puedes ver aquí todos los artículos de esta serie, cada uno de ellos dedicado a una temática concreta)

La arquitectura técnica que sostiene ese giro no tiene misterio místico, aunque su complejidad sea notable. El “motor de expediente” —así lo nombramos para no fetichizarlo— recibe escritos en cualquier formato, reconoce su estructura, comprueba de manera exhaustiva los requisitos de admisibilidad, cruza datos de capacidad, representación y legitimación con los registros pertinentes y, si falta algo, primero busca si ya está disponible en su base de datos y de lo contrario, no devuelve un portazo sino una guía en lenguaje llano que explica qué falta, por qué y cómo aportarlo. Esa misma guía genera, sin intervención humana, el borrador de subsanación listo para firmar, evita viajes innecesarios, resume antecedentes y propone un itinerario procesal compatible con las agendas de todos. Desde ahí, la máquina gestiona notificaciones con seguimiento proactivo, sugiere ventanas de conciliación con tiempo humano —no a las ocho de la mañana de un martes imposible— y monta, cuando procede, una primera sesión de escucha con un facilitador. Lo estructura todo con el “derecho a entender” como premisa, en un doble texto donde cada norma aparece en su versión técnica y en su versión explicada, sin paternalismo ni jerga innecesaria.

Ese vaciado de la burocracia nos permitió reorientarnos hacia lo que ninguna máquina puede hacer con hondura: la relación con las personas. Jueces, fiscales, abogados, equipos psicosociales y mediadores nos reconocimos en un trabajo que exige presencia y criterio, porque en la práctica cotidiana la verdad es menos un dato y más un proceso, y la reparación rara vez se reduce a dinero. En los conflictos de convivencia, por ejemplo, armamos círculos restaurativos donde las partes rompen la geometría adversarial, explican sus miedos, escuchan la versión del otro y tantean acuerdos que no dejarían satisfecho a un manual de estrategia litigiosa, pero que resuelven la vida. El expediente sigue vivo en paralelo, con garantías intactas, y el sistema automático anota cada avance, genera minutas, propone cláusulas tipo y mide la coherencia de lo pactado con la legalidad vigente. Sin esa trastienda infatigable, sería imposible sostener la densidad de estas conversaciones; con ella, el oficio vuelve a ser un oficio de palabra, no de trámite.

Esa reorientación ha reconfigurado también la función jurisdiccional. Cuando un juez entra hoy en sala, ya no carga con la ansiedad de una agenda imposible ni necesita improvisar sobre papeles desordenados, porque el motor de expediente ha segmentado los hechos pacíficos, ha detectado contradicciones relevantes, ha agrupado jurisprudencia por patrones argumentales y ha calculado el impacto probable de las distintas opciones de decisión sobre el doble anillo de la Rosquilla, que usamos como brújula de mínimos sociales y límites ecológicos. Ese cálculo, lejos de ser un oráculo, es una pieza de deliberación que obliga a explicitar en la sentencia por qué se sigue o se aparta de la recomendación, con trazabilidad de datos, criterios y límites. Los vetos técnicos se disparan si algún camino sugerido compromete derechos fundamentales o si un coste social cae fuera de los márgenes aceptables, y todo queda abierto a auditorías por muestreo en las que participan, además de peritos, ciudadanos formados en control cívico.

En mi trabajo diario, esa infraestructura invisible se traduce en tiempo de calidad con las personas. El sistema me prepara, la víspera, un “mapa de conflicto” donde puedo ver no solo los datos duros del caso, sino la temperatura emocional estimada, los posibles puntos de desbloqueo, los momentos de la conversación donde conviene ralentizar para evitar escaladas y las alternativas de acuerdo que han funcionado en casos comparables. Llego a la reunión con las partes sin la prisa que me hacía torpe, dispuesto a escuchar en vez de interrogar, a nombrar el daño sin espectáculo y a proponer caminos de reparación que no se confunden con castigo ni con impunidad. La máquina, en remoto, crea actas vivas, subraya cuando un compromiso requiere precisión adicional, detecta contradicciones performativas —el clásico “prometo no volver a hacerlo” sin asumir qué es “eso”— y me sugiere pausas cuando detecta fatiga. Salgo con acuerdos mejor escritos y con personas menos crispadas, y el expediente, que antes era un fin en sí mismo, se ha convertido en un medio limpio y eficaz.

El penal de baja intensidad ha cambiado por completo. La respuesta a hurtos menores, daños, lesiones leves o pequeños fraudes se articula ya casi siempre a través de dispositivos restaurativos que se activan desde el primer contacto. La víctima, si quiere, participa desde el inicio con apoyo y seguridad, expresa qué necesita para sentirse reparada, y el infractor, si acepta su responsabilidad, puede transitar un camino que combina trabajo comunitario con aprendizaje significativo. Las “escuelas de oficio” y los Contratos de Aprendizaje Reversible se han integrado en la respuesta penal: reparar un banco del parque destrozado no es lo mismo que hacer cien horas abstractas, y aprender a cuidar un barrio devuelve autoestima y pertenencia a quien la había perdido. El motor de expediente vigila plazos, certifica hitos, alerta si alguien se queda atrás y calibra el cierre cuando la reparación es completa. Las tasas de reincidencia han caído, pero el dato que más valoro no es ese sino la cantidad de veces que la víctima dice, al final, “ahora sí puedo pasar por esa calle sin enfadarme”.

En lo civil y lo contencioso-administrativo, la mecánica es distinta y el espíritu es el mismo. Los conflictos por ruido de instalaciones, por sombras de placas solares o por la asignación de agua en veranos críticos encuentran en los foros de cuenca y en las mesas técnicas barriales un primer espacio de acuerdo, y cuando ese trabajo llega a sede judicial lo hace con hipótesis de equilibrio ya ensayadas, listadas con su impacto y su costo. La IA de apoyo genera simulaciones comprensibles, traduce mapas, convierte términos técnicos en imágenes precisas y evita ese teatro fatigoso donde la parte que mejor habla gana, aunque tenga menos razón. La sentencia, cuando llega, es muchas veces una orden de ejecución de lo que ya se ha acordado con sentido común, y el recurso, que antes era una forma de prolongar el conflicto, hoy es un examen transparente sobre si el proceso respetó la regla de juego y si la decisión final encaja en el marco de derechos.

Este modelo ha exigido una gobernanza seria de la propia tecnología. La tentación de tratar el motor de expediente como una caja negra fue grande, pero en Biopolis aprendimos pronto que los sistemas que median derechos deben ser explicables, auditable y corregibles sin heroísmos. Por eso, cada módulo tiene su “carta de funcionamiento” públicamente accesible, con datos de entrenamiento documentados, sesgos conocidos, límites de uso y mecanismos de queja que no son meros buzones. Las auditorías por muestreo no son un ritual trimestral sino una práctica continua, con perfiles diversos que revisan no solo aciertos y errores, sino también silencios y ciegos del sistema. Cuando una decisión humana se aparta de la recomendación técnica, el juez o el fiscal lo documenta en lenguaje natural, y esa explicación retroalimenta el modelo con una etiqueta: aquí importó la fragilidad de una abuela, aquí pesó un duelo reciente, aquí la letra de la norma no bastaba. La máquina aprende, pero nosotros aprendemos también a no abdicar del juicio.

El cambio transformó nuestra formación profesional. El pasaporte de capacidades ya no mide solo dominio de normas y destrezas de argumentación, sino escucha activa, diseño de procesos, alfabetización emocional, negociación cooperativa e imaginación jurídica orientada a la reparación. Entramos y salimos en ciclos, tutorando a quienes llegan y dejándonos tutorizar por quienes traen herramientas distintas, porque en esta justicia hay tanta técnica como hospitalidad. En mi caso, dejé de valorar mi semana por el número de páginas de demanda, y empecé a mirarla por las conversaciones en las que alguien cambió de postura sin sentir que perdía, por los contratos de convivencia que resistieron el invierno y por las veces que devolvimos a un conflicto su tamaño real, ni épico ni ridículo.

No todo es amable, y conviene decirlo sin decorados. Hay violencias que no admiten espacio compartido ni abrazo rápido, hay delitos que requieren cautelares firmes y hay poderes que tantean límites con cinismo. En esos casos, la tecnología es un respaldo serio: la cadena de custodia es más robusta, la búsqueda de prueba irrepetible es más rápida, la detección de contradicciones malintencionadas es más fina, y el seguimiento de medidas de protección no descansa. Pero la decisión que restringe derechos sigue anclada en presencia humana y argumentación pública, y el motor de expediente no puede ejecutar un desahucio ni una prisión preventiva por sí mismo, porque el sistema está diseñado para que la última palabra tenga voz y rostro.

Otra frontera delicada ha sido la protección de datos y la proporcionalidad. La administración de justicia aprendió a trabajar con el principio de mínima captación, anonimización por defecto, cifrado de extremo a extremo y procesamiento en el borde cada vez que la sensibilidad del asunto lo exige. El ciudadano conserva un panel de control de su huella en el sistema, con consentimientos granulares y caducidades claras, y puede activar un “modo viaje” cuando se desplaza a otra Biopolis, de modo que sus expedientes se ven allá con lo justo y necesario para no empezar de cero, pero sin abrir la caja completa. Cada acceso deja rastro, cada consulta inmotivada se sanciona, y esa disciplina ha marcado un estándar que otras áreas públicas han imitado, porque no hay confianza sin límites.

Cuando miro hacia atrás y recuerdo aquel yo que se enorgullecía de ganar por una excepción procesal antes que por convencer de lo justo, me veo a veces con ternura y otras con pudor. Ganábamos batallas elegantes, sí, pero dejábamos demasiadas vidas a medio arreglar. Hoy me descubro preparando una audiencia con la tranquilidad de quien sabe que la logística está resuelta, que nadie se perderá por un tecnicismo y que mi tiempo útil se medirá en silencios bien colocados, preguntas que abren puertas y palabras que atan lo acordado con hilos de realidad. No reniego del músculo técnico; lo uso mejor, precisamente porque ya no lo gasto en lo que la máquina hace mejor y sin bostezos. Y si me preguntan qué es ser abogado en esta justicia que escucha, diré que es sostener el puente entre una burocracia que por fin dejó de estorbar y una comunidad que aprendió a reparar sin humillar ni olvidar.

A veces, al cerrar el día, repaso los expedientes que avanzaron y los pocos que no, y encuentro un patrón humilde que me reconcilia con el oficio. Donde hubo escucha, hubo acuerdo; donde hubo tiempo humano, hubo comprensión; donde el motor de expediente nos quitó la urgencia, pudimos dedicar la inteligencia; donde la Rosquilla puso límites, evitamos causar un daño mayor al arreglar el pequeño. No hay milagro, hay diseño institucional y trabajo sostenido, y hay una premisa que lo ordena todo: la justicia no es una máquina de sentencias, es una práctica de civilidad que se apoya en máquinas para que la palabra humana vuelva a pesar lo que debe.

Cuando acompaño un círculo de reparación y veo a un joven reconocer sin guion que rompió algo más que un cristal, o a una vecina decirle que el ruido de madrugada no la enfada, la asusta, entiendo que el expediente, con toda su perfección logística, es apenas el arroyo por el que corre el agua. Lo importante sucede en el gesto, en la mirada, en la promesa creíble, y ahí ninguna IA tiene manos. Esa verdad, que podría parecer frágil, es el núcleo de nuestro cambio: dejamos de pedirle a la ley que hiciera de psicóloga, dejamos de pedirle a la jueza que hiciera de mensajera, dejamos de pedirle al abogado que hiciera de impresora, y diseñamos un sistema en el que cada cual aporta lo suyo, empezando por la tecnología que, bien acotada, hace sitio para que lo humano ocupe el centro.

Y sí, en los pasillos —que ya no son pasillos atestados sino salas abiertas con luz y café— sigo cruzándome con colegas que añoran el brillo del litigio puro, la adrenalina de encontrar un error formal en el folio trescientos. Algunos han vuelto a sentir entusiasmo cuando descubren que persuadir a dos personas para que se pidan perdón sin teatralidad requiere una destreza más alta que redactar una réplica afilada; otros se han especializado en auditar sistemas o en rediseñar procesos y también ahí hay carrera y orgullo. Yo, por mi parte, me quedo donde me siento útil: entre la letra y la vida, ayudando a que el expediente, llevado por la máquina, llegue a buen puerto, y que quienes lo habitan puedan salir de él con la sensación, rara y preciosa, de que la justicia les habló en un idioma que pueden entender, porque como siempre repito, la realidad existió primero en la imaginación y el deseo.