14 ideas para ser mejor «dueño».

Dicen que no hay dos sin tres y lo que empezó como un resumen de recomendaciones para una amiga va tomando camino de convertirse en una serie.

Tras las 14 ideas para ser mejor «jefe» y las 14 ideas para ser mejor «empleado», era obvio que había que escribir sobre otro rol clave en cualquier empresa, el «dueño» o la «dueña», así que ahí van mis ideas para mejorar tu rol, espero que te sean de utilidad:

1.- Ponte límites antes de que te los ponga la realidad
Ser dueño es una tentación permanente: “como puedo, lo hago”. Y eso suele acabar mal. Define de antemano tus líneas rojas: qué cosas no harás aunque sean rentables, qué prácticas no aceptarás aunque “se hagan en el sector”, qué tipo de cliente no quieres, qué tipo de trato no vas a permitir. El dueño que no se autolimita termina siendo rehén de su propio impulso.

2.- Recuerda que no te has hecho solo (y que podrías no estar aquí)
Da igual si empezaste “desde abajo”: la frase “yo no debo nada a nadie” suele ser arrogancia con traje de autosuficiencia. Tu historia está hecha de gente que te abrió puertas, de contexto, de suerte, de época, de familia, de salud, de país, de oportunidades. Si hubieras nacido en otro lugar o en otro momento, tu vida sería otra. La gratitud no es postureo: es higiene moral. Y se nota en cómo tratas a los demás.

3.- Propósito primero; rentabilidad como condición, no como sentido
La rentabilidad es importante (sin ella la empresa enferma o muere), pero no es el propósito. Es “alimento”: necesario, pero no el sentido de la vida. Si tu único relato es el margen, acabarás rodeado de gente que solo sabe optimizar margen… y se irá en cuanto otro pague más. Busca el propósito real y rodéate de personas que quieran construirlo contigo.

4.- Educa tu ego (o tu ego educará a la empresa)
El ego del dueño es un animal con hambre: quiere tener razón, quedar bien, ganar todas las discusiones, aparecer como el que “lo vio antes”, y que nadie le contradiga. Y cuando manda el ego, la empresa se vuelve un teatro: la gente aprende a aplaudir, a callar, a maquillar datos y a decirte lo que quieres oír.
Educar el ego es aceptar límites, pedir perdón rápido, escuchar sin preparar la respuesta, y cambiar de opinión sin vivirlo como una humillación. Es entender que el respeto no se arranca por jerarquía: se construye por conducta. Y es recordar, cada día, que el título de “dueño” no te hace mejor: solo te hace más responsable.

5.- Tu palabra es parte del producto
En una empresa la gente no solo trabaja con máquinas, trabaja con expectativas. Si cambias prioridades cada semana, si prometes y luego te olvidas, si “ya veremos” significa “no”, generas ruido, cinismo y fatiga. Sé sobrio con lo que anuncias y obsesivo con lo que cumples. Y cuando no puedas cumplir, dilo pronto y sin excusas creativas. Tu credibilidad no es un valor “blando”: es infraestructura operativa.

6.- Protege el desacuerdo (de verdad)
Una empresa sana discute. Una empresa enferma asiente. Si cada vez que alguien te lleva la contraria le cortas el aire (con ironía, con castigo o con indiferencia), lo que obtienes no es lealtad: es silencio. Crea mecanismos para que te corrijan: revisiones de decisiones importantes, espacios donde se puedan decir malas noticias sin pagar peaje, preguntas obligatorias antes de aprobar proyectos. El dueño que solo recibe buenas noticias se compra el desastre a plazos.

7.- No eres “el más listo”: rodéate de gente mejor que tú (y hazles caso)
Tu trabajo no es tener todas las respuestas. Es hacer buenas preguntas, detectar sesgos, y construir un sistema donde el conocimiento circule. Si tu ego necesita ser el más inteligente en la sala, contratarás “gente cómoda”, y esa es una receta lenta de mediocridad.

8.- No pretendas que cada trabajador actúe como dueño (porque no lo es)
No puedes exigir “mentalidad de propietario” cuando la realidad del contrato es otra: distinto riesgo, distinto control, distinto retorno, distinta voz. Pide profesionalidad, compromiso razonable y coordinación. Si quieres más implicación, crea condiciones: autonomía real, información, participación y reparto de valor. Pero no vendas épica para tapar desigualdad.

9.- Si quieres compromiso, comprométete tú primero con su bienestar
Bienestar no es fruta en la oficina. Es salud, seguridad, cargas razonables, prevención, horarios humanos, estabilidad, derechos, y un futuro mínimamente previsible. Y también es dignidad: trato justo, procesos claros, canales de queja seguros. La justicia también es trabajo (y también es gestión).

10.- No les “haces un favor” pagando un salario: te entregan tiempo de vida
Tus trabajadores te dan lo más valioso: una parte grande del tiempo disponible de su vida. Pagarles no te convierte en benefactor; te convierte en parte de un pacto. Pregúntate: ¿pueden sentirse orgullosos de ese tiempo? ¿Pueden crecer? ¿Pueden conciliar? ¿Pueden mirar atrás y pensar “mereció la pena”? Si la respuesta es no, tienes un problema cultural, aunque la cuenta de resultados salga.

11.- No pidas sacrificios mientras tú te blindas
Si un año va mal y pides contención, estabilidad y esfuerzo, revisa primero tus propias reglas: dividendos, sueldos directivos, gastos “de dueño”, caprichos con etiqueta de “estrategia”, proyectos vanidosos, privilegios que nadie se atreve a discutir. La gente tolera la dificultad; lo que no tolera es la injusticia. Si las pérdidas se socializan y los beneficios se privatizan, la cultura se rompe aunque el Excel cuadre.

12.- Alégrate de pagar impuestos (sí, alégrate)
Pagar impuestos significa que la empresa va bien… y que estás devolviendo parte de lo que hace posible tu negocio: sanidad, educación, infraestructuras, justicia, seguridad, estabilidad institucional. Todo eso no es “decorado”: es el suelo sobre el que se sostiene tu cuenta de resultados. Entender esto te vacuna contra el discurso antisocial del “Estado estorba”.

13.- Tu empresa es un agente social: el bien social y ambiental no es marketing
No es solo “cumplimiento” ni “RSC de escaparate”. Es responsabilidad real: cómo contratas, cómo compras, cómo produces, qué residuos generas, qué energía consumes, qué impacto tienes en tu entorno y en la vida de las personas. La sostenibilidad no es una sección del informe: es una forma de decidir.

14.- No externalices el daño (paga el precio completo de tus decisiones)
Una mala decisión no siempre es ilegal. A veces “sale” en la cuenta de resultados porque el coste lo paga otro: el trabajador (estrés, salud), el proveedor (asfixia), el cliente (engaño), el barrio (ruido), el planeta (residuos), o el futuro (deuda moral). Y eso, aunque funcione hoy, te rompe mañana. Antes de decidir, pregunta distinto: ¿qué coste estoy desplazando fuera de mi cuenta? ¿A quién le estoy pasando la factura? ¿Qué estoy normalizando en mi empresa cuando hago esto “porque se puede”? La ética, en una empresa, es precisamente esto: no construir tu ventaja sobre la debilidad de otros. Y cuando te acostumbras a pagar el precio completo, tus decisiones empiezan a ser mejores… incluso para el negocio.

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