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Foto de OSKAR MATXIN EDESA / FOCUS

Manual vasco de bienvenida policial

En la sala de briefing, todavía con el eco de Loiu pegado a las botas, el mando de guardia tomó la palabra para felicitar al operativo por la brillante ejecución del recibimiento institucional dispensado a los activistas de la flotilla solidaria con Palestina.

Habían llegado al aeropuerto después de ser interceptados por Israel en aguas internacionales, secuestrados, maltratados, humillados y devueltos a casa con el cuerpo hecho un parte de lesiones pero con la dignidad intacta, cosa esta última que siempre incomoda mucho a determinados uniformes. Por suerte, allí estaba la Ertzaintza para completar la experiencia pedagógica: en Euskadi también sabemos convertir un abrazo en un problema de orden público.

El mando, visiblemente emocionado, destacó la serenidad con la que los agentes habían sabido identificar la amenaza principal: familiares esperando, amigos aplaudiendo, gente con banderas palestinas y ese peligrosísimo artefacto político conocido como alegría colectiva. No era una situación fácil. Cualquier otro cuerpo policial menor se hubiera dejado confundir por el llanto de una madre, por el abrazo de un compañero o por la torpeza humana de quien vuelve de una experiencia traumática. La Ertzaintza, siempre tan profesional, no cayó en sentimentalismos.

El informe preliminar fue recibido con aplausos. Se subrayó, con especial orgullo, que la intervención había mantenido intacta la tradición más noble del cuerpo: cuidar al pueblo evitando que el pueblo se desmande en actividades tan radicales como abrazarse sin autorización. La palabra «ertzaina», recordó alguien desde el fondo, significa «cuidador del pueblo». Hubo un breve silencio pero el mando resolvió rápidamente la incomodidad con una explicación brillante: cuidar no debe confundirse con proteger; significa recordar al pueblo, con firmeza lumbar, que el espacio público no le pertenece aunque lo pague, lo habite, lo limpie, lo llore y lo defienda. Además ya lo dice el refrán «Quién bien te quiere te hará llorar» y si esa es la medida del amor al pueblo, sin duda la Ertzaintza está en el podium.

El mando hizo entonces una pausa solemne y recordó a los presentes que nada de aquello debía entenderse como una ocurrencia aislada, ni mucho menos como un exceso de entusiasmo aeroportuario. «Compañeros», dijo, con la voz ligeramente quebrada por la emoción profesional, «venimos de una larga y honrosa tradición. Hemos aprendido de los mejores. Hemos visto cómo se gestiona un funeral cuando a la gente le da por llorar demasiado junta, cómo se administra un homenaje cuando la memoria amenaza con salirse del relato autorizado, cómo se ordena una plaza cuando las víctimas, los familiares o los vecinos confunden el duelo con un derecho. La Policía Nacional nos abrió camino durante décadas, con esa elegancia suya de quien sabe aprovechar cualquier concentración pacífica para mostrar al pueblo lo que significa una democracia como dios manda. Nosotros, humildemente, hemos sabido estar a la altura del legado y no somos recién llegados al difícil arte de recordar al pueblo que incluso para sufrir conviene pedir permiso»

La reunión avanzó luego hacia asuntos estratégicos. El éxito del operativo de Loiu abría nuevas posibilidades para el modelo vasco de policía. El mando anunció que, vista la eficacia demostrada contra activistas cansados, familiares nerviosos y simpatizantes con pancartas, se activarían misiones de similar dificultad.

La primera consistirá en desplegar una unidad antidisturbios en la parada de autobús de un colegio, donde se ha detectado un grupo de padres y madres peligrosamente organizado en torno a mochilas, tuppers y paraguas. La hipótesis operativa es clara: hoy esperan al autobús, mañana podrían formar una asamblea.

La segunda misión, todavía más delicada, tendrá lugar a la salida de un club de jubilados. Varias abuelas han sido vistas abandonando el local con una actitud sospechosamente coordinada, algunas de ellas armadas con bolsas de la compra, bastones y una capacidad histórica para no tener miedo a un mocoso con porra.

También se estudiará la creación de una unidad especial para bibliotecas municipales. Las bibliotecas, según explicó el responsable de análisis, son espacios de alto riesgo: contienen silencio, memoria, papel y personas que podrían desarrollar pensamiento crítico sin supervisión. Nadie quiere repetir errores. Ya se sabe cómo empiezan estas cosas: primero un libro, luego una pancarta, después una flotilla.

Fuera, la vida seguía con su peligrosa costumbre de juntarse: familias, amistades, vecinos, militantes, personas que creen que Palestina existe, que la solidaridad no es delito y que un aeropuerto no debería convertirse en sucursal menor de la pedagogía del miedo. La Ertzaintza, siempre vigilante, tomó nota. Al fin y al cabo, nunca se sabe cuándo puede aparecer otro abrazo solidario sin autorización administrativa previa.

(N.d.A. Todo lo aquí narrado es, por supuesto, una ficción satírica. Cualquier parecido con una policía real que aparezca en aeropuertos, funerales, homenajes, manifestaciones, paradas de autobús, clubes de jubilados o bibliotecas municipales para cuidar al pueblo mediante técnicas de contacto físico no consentido debe atribuirse exclusivamente a la imaginación de quien lo lea)

(N.d.A. 2 Este post fue publicado inicialmente en Meneame.net)