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Pablo Aretxabala (www.linkedin.com/in/pabloaretxabala)

Feminismo y Ecologismo navegando juntos-

Este 8 de marzo no es un simple recordatorio de que las mujeres existen o de que les “toca” una mención especial; es una oportunidad para levantar la voz con todas nuestras fuerzas y decir que la defensa de la vida en el planeta no puede seguir ignorando la perspectiva, la lucha y el coraje de tantas compañeras que han peleado antes que nosotros. No podemos permitirnos pasar por alto que, en plena emergencia climática, la desigualdad golpea más duro a las mujeres y a las niñas de las comunidades más vulnerables. Por eso escribo con la convicción de que solo la pasión y la acción directa pueden sacudir las conciencias y hacernos avanzar hacia un mundo más justo.

La historia de Greenpeace está plagada de nombres masculinos que, aunque hicieron aportes valiosos, nunca habrían logrado nada sin la entrega de mujeres que, desde el principio, se la jugaron el todo por el todo. En los años setenta, cuando comenzábamos como el “Don’t Make a Wave Committee” para frenar las pruebas nucleares en Amchitka, había activistas que rompían con todos los moldes. Dorothy Stowe, cofundadora de la organización, puso su fibra pacifista y su visión de justicia social al servicio de la causa. Junto a su esposo Irving, sí, pero no fue él quien lideró siempre. Dorothy estaba ahí, impulsando, debatiendo, arriesgando su pellejo en una época donde muchas creían que el rol de las mujeres debía ser más bien pasivo.

Marie Bohlen dio un golpe en la mesa de los “bienpensantes” cuando propuso navegar directamente hasta la zona de pruebas nucleares para denunciar el crimen que se estaba cometiendo contra el planeta. ¿Te imaginas el valor de esa decisión? Estamos hablando de los años setenta, de lanzarse al mar con un puñado de gente a bordo de un barco precario, intentando nada menos que detener un ensayo nuclear. Sin la tenacidad de Marie, sin su mirada audaz y sin su obstinación, esa aventura, que fue el arranque de Greenpeace, jamás habría ocurrido. Y ahí tenemos también a Dorothy Metcalfe, esa mujer que se ocupó de la logística y los detalles que nadie quería atender, pero que sin ellos no se puede salir a protestar ni a la vuelta de la esquina. Fueron su trabajo silenciado y su empeño los que posibilitaron cada acción directa. A veces nos venden la historia de que “hubo grandes hombres y sus ayudantes”, pero lo cierto es que, sin esas mujeres, Greenpeace no habría llegado ni a zarpar.

Hoy, que el mundo parece desmoronarse ante la emergencia climática y social, estas historias femeninas no son simples anécdotas. Son una inyección de rabia transformada en energía, de coraje traducido en acción. Duele ver cómo, en pleno siglo XXI, hay quienes siguen minimizando la crisis ambiental y, al mismo tiempo, invisibilizan o menosprecian el papel de las mujeres en la defensa de la Tierra. Pero esa misma rabia es el combustible que nos tiene que empujar a actuar. Desde nuestro activismo, no podemos permitirnos posturas tibias. Debemos reconocer que la devastación ambiental está ligada a la explotación de los pueblos y, de manera devastadora, a la opresión de las mujeres. Y también debemos entender que el liderazgo de las mujeres en la lucha contra el cambio climático no es un “detalle adicional”, sino la punta de lanza que puede cambiar el rumbo de este desastre.

Las experiencias de Dorothy Stowe, Marie Bohlen, Dorothy Metcalfe y tantas otras demostraron que la acción colectiva puede contra gigantes, y que el liderazgo femenino no solo es justo, sino absolutamente necesario. Nos enseñan a no quedarnos quietos, a no callar, a sacudir la modorra que nos imponen los discursos vacíos y la corrección política. Somos muchas las personas que hoy seguimos inspirándonos en esas pioneras; no necesitamos permiso ni aprobación para tomar un megáfono, subirnos a un barco o encadenarnos a una refinería. Lo que necesitamos es que cada vez más voces se unan a esta lucha que lo abarca todo: la vida, la dignidad, la igualdad y la biodiversidad. Este 8 de marzo, que no sea solo una fecha simbólica, sino el recordatorio de que sin la participación activa de las mujeres no hay futuro posible y de que no podemos permitir que la Tierra, ni las mujeres que la habitan, sigan siendo ignoradas o silenciadas.

Ojo con las llamadas de las empresas de formación.

En los últimos tiempos ha proliferado un fenómeno preocupante: algunas empresas de formación se escudan en la supuesta obligatoriedad legal de ciertos cursos para presionar y, a veces, engañar a las PYMEs. Bajo amenazas de multas inminentes o de perder la bonificación disponible a través de programas oficiales, estos proveedores se aprovechan del desconocimiento de los empresarios para vender formaciones que, en muchos casos, ni siquiera responden a necesidades reales o no son exigidas por ley.

El problema se agrava cuando estas tácticas incluyen llamadas telefónicas donde, sin ofrecer la información necesaria por escrito y con un discurso de urgencia, se induce a la contratación de cursos sin un consentimiento plenamente consciente. Se trata de una práctica que roza el fraude y que, sin lugar a dudas, resulta muy poco ética. Esta situación genera desconfianza en el mercado y afecta a las numerosas empresas de formación que sí trabajan con profesionalidad, transparencia y rigor para ofrecer un servicio realmente útil.

La confusión de quienes reciben este tipo de propuestas nace, en parte, de la desinformación sobre las verdaderas obligaciones en materia de formación. Muchas PYMEs, por miedo a posibles sanciones o a perder la ayuda económica disponible, terminan firmando contratos sin haber comparado ofertas o verificado la legalidad de esos supuestos requerimientos.

Una empresa de menos de 50 trabajadores, independientemente del sector de actividad, ha de disponer del correspondiente plan de prevención de riesgos laborales, así como de un protocolo de prevención de la violencia sexual y otro protocolo de desconexión digital. Según la actividad, puede necesitar también un protocolo de protección de datos, o de prevención del blanqueo de capitales, o cursos específicos como los de manipulación de alimentos, alergias o prevención de legionella.

En los protocolos mencionados, se indica normalmente algunas medidas de formación, pero para empresas de menos de 50 trabajadores no hay unos cursos obligatorios sin cuya realización la empresa pueda ser sancionada administrativamente.

Así que, si una empresa de formación te llama para avisarte de que o haces con ellos urgentísimamente un curso de nosequé, que te va a salir gratis, o te arriesgas a un multazo, mejor llama primero a tu asesoría o a tu empresa de formación de confianza y te ahorraras tiempo, dinero y problemas.

Despedir no es un derecho empresarial.

Los autónomos y las pequeñas empresas suelen tener muchas dificultades a la hora de gestionar los aspectos legales de las contrataciones laborales. Esto se debe por un lado a que se trata de cuestiones que requieren un conocimiento especializado y por otro lado a que tienen que hacer uso de dicho conocimiento de manera muy esporádica, por lo que cada situación se acaba convirtiendo de nuevo en «la primera vez».

En nuestro despacho vemos cada día multitud de estas situaciones y una de las más habituales es que se quiere despedir a un trabajador, bien porque no hay sintonía con él, porque ha hecho algunas cosas que no han gustado a su empleador, o porque el negocio está pasando por una mala racha, etc.

Lo cierto es que legalmente no existe un derecho del empleador a despedir de manera genérica, ni siquiera «pagando» como a veces se nos plantea.

Los tipos de despido:

De manera muy simplificada, podemos decir que solo existen dos tipos de despidos: los disciplinarios y los objetivos. En ambos casos se requiere la existencia de unas causas preestablecidas, no solo la voluntad del empleador de querer despedir, y también hay que cumplir unas formalidades.

El despido disciplinario implica que el trabajador ha cometido alguna, o algunas faltas de suficiente gravedad como para que su empleador lo pueda sancionar con un despido. No requiere preaviso, ni conlleva indemnización, pero sí es necesario notificarlo por escrito.

En este caso el despido es una sanción, y por lo tanto debe de haberse producido una falta que o bien en el Estatuto de los Trabajadores o en el convenio del sector, lleve aparejada dicha sanción. Y habrá que demostrar que efectivamente se ha producido dicha falta, y que se ha seguido el procedimiento de comunicación y de audiencia previa al trabajador (importante esto último según recientísima doctrina del Supremo).

El despido objetivo es aquel en el que se produce una causa admitida por el Estatuto de los Trabajadores para un despido. Básicamente se trata de causas económicas, organizativas internas, por reducción de rendimiento o por obsolescencia profesional. Aunque parecen causas en las que podría caber cualquier cosa, la realidad es que la empresa tendrá que demostrar objetivamente que efectivamente la causa existe. Este despido debe notificarse también por escrito y con un preaviso de 15 días (o abonarlos en el finiquito) y conlleva una indemnización de 20 días por año trabajado (que ha de abonarse en el momento en el que se notifica el despido).

En caso de que el trabajador no esté conforme con su despido, tendrá 20 días hábiles desde la notificación del mismo para presentar una «papeleta de conciliación» ante el SMAC del Gobierno Vasco, en la que solicitará que la empresa admita que el despido ha sido improcedente o nulo. En caso de no haber acuerdo, el trabajador tendrá disponible la vía jurisdiccional.

La calificación del despido:

El despido, ya sea disciplinario u objetivo, puede ser finalmente declarado por el tribunal como procedente, en cuyo caso queda como se realizó, o como improcedente, en cuyo caso la empresa elige entre abonar al trabajador una indemnización de 33 días por año trabajado (si ya abonó los 20 días del despido objetivo, añadiría 13) o reincorporar al trabajador a su puesto, abonando los salarios desde la fecha del despido hasta la reincorporación.

Si el despido se declara nulo porque además de ser improcedente, se ha producido una vulneración de derecho fundamentales (la causa real del despido se demuestra que es por raza, religión, género, por haber reclamado derecho laborales, por estar de baja o de reducción de jornada por crianza, etc) será el trabajador quien podrá elegir entre la indemnización antes mencionada más los «salarios de tramitación» (es decir, el sueldo desde el despido hasta la resolución judicial), o la reincorporación y el abono de dichos salarios.

Dejamos para otro momento cuestiones importantes también como las indemnizaciones complementarias que están imponiendo algunos juzgados, la no superación del periodo de prueba, o el «auto despido» en determinadas circunstancias.

¿Puede el Derecho cambiar el rumbo de la crisis climática?

Hace apenas unas semanas concluí el Máster Internacional de Derecho Ambiental en la Universidad del País Vasco, un proceso lleno de aprendizajes que me ha permitido profundizar en una de las áreas más urgentes y apasionantes de nuestro tiempo: la defensa legal del planeta. El tema de mi trabajo de fin de máster ha sido el análisis de los litigios climáticos que están teniendo lugar en distintos puntos del mundo y la posibilidad de plantear en España un litigio contra las principales empresas emisoras de CO₂. ¿Por qué? Porque considero que quienes ejercemos el Derecho tenemos la responsabilidad —y la oportunidad— de convertir nuestro conocimiento en una herramienta de transformación.

En la última década, hemos sido testigos de más de 1.800 litigios climáticos alrededor del planeta, según datos del Sabin Center for Climate Change Law. Algunos de ellos, como el caso “Urgenda” en los Países Bajos o la histórica demanda de las «klimaseniorinnenn» suizas, han marcado precedentes jurídicos y abierto la puerta a un cambio global. En España ha sido recientemente admitida a trámite por el Tribunal Constitucional la primera demanda de este tipo contra el Estado. Estos litigios no solo pretenden obligar a los Estados a reducir sus emisiones, sino que también mandan un mensaje inequívoco a las grandes corporaciones: la inacción ante la crisis climática puede derivar en responsabilidades legales concretas.

Mi investigación se centró en explorar si algo similar podría llevarse a cabo directamente frente a las empresas principales responsables de las emisiones de CO₂ España, que se concentran en sectores como la producción de energía, la industria automovilística o la construcción. Aunque ya existen avances en materia regulatoria —como la Ley de Cambio Climático y Transición Energética—, el enfoque desde la perspectiva del litigio ciudadano o colectivo todavía está en una fase incipiente. Sin embargo, esta vía presenta interesantes posibilidades. Por un lado, la legislación española y europea cuenta con principios de precaución y protección ambiental que podrían emplearse de forma más activa. Por otro, el contexto internacional nos ofrece referentes que señalan cómo el movimiento ciudadano y organizaciones ecologistas pueden exigir a compañías contaminantes y gobiernos que cumplan con sus compromisos.

A lo largo del máster, he entendido que el reto medioambiental no es solo tarea de científicos, activistas o gobernantes. Se trata de un problema transversal que involucra a todos los sectores profesionales. Como abogado y consultor, veo enormes oportunidades para que otros colegas, desde su práctica jurídica, exploren este campo en expansión. No se trata de forzar batallas legales sin fundamento, sino de encontrar estrategias que aprovechen los cauces normativos y los precedentes internacionales para promover cambios efectivos. Iniciar un litigio climático no es un fin en sí mismo, sino un medio para concienciar, impulsar políticas más responsables y, en última instancia, proteger la vida en el planeta.

La experiencia de preparar un análisis jurídico tan especializado me ha reafirmado en la idea de que cada uno de nosotros puede convertirse en un activista climático también desde su profesión. En mi caso, utilizar el Derecho para exigir transparencia, responsabilidad y, sobre todo, acción. En el tuyo, quizá sea desarrollar proyectos más sostenibles, promover una cultura empresarial de menor huella ambiental o diseñar productos con un ciclo de vida más respetuoso con la naturaleza. Lo importante es no subestimar nuestro potencial de incidencia.

Me encantaría leer tus opiniones y experiencias: ¿estás pensando en iniciar algún proyecto? ¿Has experimentado barreras legales para poner en marcha iniciativas de sostenibilidad en tu empresa? Comparte tu perspectiva en los comentarios y, si este contenido te ha parecido interesante, no dudes en difundirlo. Entre todos, podemos generar el cambio que el planeta necesita. ¡Te animo a sumarte!

Autónomo, SL, Cooperativa… ¿Cuál es la elección correcta?

Si estás pensando en abrir un pequeño negocio o iniciar una actividad profesional, una de las primeras dudas que tendrás será bajo qué forma jurídica desarrollarla.

Aunque cada caso es diferente y conviene hacer un análisis específico, hay algunas cuestiones generales que te pueden orientar para tener algunas primeras nociones básicas:

Como trabajador autónomo:

Es una manera muy adecuada si vas a desarrollar una actividad profesional individual, o si no tienes previsto tener otros socios en tu negocio, ni vas a necesitar de mucha financiación bancaria ni de mucho personal contratado.

Podrás comenzar a operar muy rápidamente, prácticamente de un día para otro ya que son muy pocos los trámites para ello: alta en el RETA de la Seguridad Social, declaración censal en Hacienda (036) y las licencias que requiera tu negocio.

La carga administrativa no es muy grande ya que solo hay que hacer las declaraciones fiscales de IVA e IRPF, por lo que te podrás encargar directamente, o mejor, dejarlo en manos de una asesoría profesional que te cobrará una cantidad muy pequeña y así te liberarás para hacer crecer tu negocio, que es lo que verdaderamente te interesa.

Los principales inconvenientes de esta fórmula son dos: por un lado que no hay separación entre tu patrimonio y el de tu actividad, por lo que si requieres endeudarte, responderás con todo tu patrimonio presente y futuro. Y por otro lado, al tributar a través del Impuesto de la Renta, si tu rendimiento es de cierto importe (depende de los casos, pero a partir de 50k o 60k anuales) la carga fiscal que tendrás será más alta que con otras figuras societarias.

Como Sociedad de Responsabilidad Limitada (la más sencilla, la SL):

La SL es muy adecuada para pequeños negocios con varios socios, de los cuales, algunos solo aportan inversión, pero no van a trabajar en dicho negocio. También es muy interesante aunque sea un único socio, pero la actividad va a requerir de cierto volumen de financiación bancaria o hay algún riesgo importante de endeudamiento, o cuando va a ser necesario contar con un cierto número de personal contratado.

Las grandes ventajas es que hay una separación del patrimonio de los socios y el de la empresa, de manera que (en principio) los socios solo arriesgan el capital aportado, y en caso de que la empresa no salga como estaba previsto, es más fácil de cerrar sin afecciones personales.

Además, en determinados entornos y sectores, operar con una SL da una imagen de mayor solidez y profesionalidad.

El coste de arranque es un poco más alto y la tramitación es un poco más larga, pero se puede empezar a operar en unos 10 días: se solicita el nombre al registro mercantil, se abre una cuenta bancaria, se deposita el capital (3.000€ mínimo), se constituye la sociedad ante notario y se registra, tras lo cual se procede a las altas en Seguridad Social y en Hacienda, y ya se puede iniciar la actividad.

La gestión administrativa de la sociedad es un poco más compleja ya que hay que llevar obligatoriamente los libros contables y eso te va a requerir contar con una asesoría especializada, pero los honorarios hoy en día son muy asequibles para cualquier negocio.

Como Cooperativa:

Dentro de los tipos de sociedades que se pueden utilizar, la cooperativa es especialmente interesante cuando queremos desarrollar un negocio en el que todos los participantes van a ser trabajadores, y a futuro no queremos que haya personal empleado, sino que queremos que todos sean igualmente socios.

La Cooperativa tiene todas las ventajas de la SL y además implica una gestión democrática y transparente de la empresa. Además tiene algunos beneficios fiscales en el Impuesto de Sociedades.

La tramitación es similar a la de una SL, aunque en este caso hacen falta un mínimo de 2 personas socias (en Euskadi) y se tramitan en el Registro de Cooperativas, que no está aún tan digitalizado como el Mercantil, por lo que los procedimientos son un poco más lentos.

Que tu negocio no deje de respirar!

Para tu empresa los beneficios son como para ti el comer, necesarios, pero podrías sobrevivir sin comer varias semanas. Sin embargo la tesorería, la «santa caja» es para tu empresa como para ti el respirar, en dos o tres minutos estás muerto si no entra aire a tus pulmones.

Desde mi experiencia, la inmensa mayoría de las quiebras de pymes no se deben a que no sean rentables, sino a falta de control en su flujo de tesorería.

¿Por qué sucede esto? Normalmente los pequeños negocios y los autónomos, nos dejamos guiar solo por el “dinero que hay en el banco”, sin prever los gastos estacionales o imprevistos, como los pagos trimestrales de impuestos o las pagas extraordinarias al personal.

Veamos algunos consejos prácticos para que tu empresa continúe «respirando» sin sobresaltos.

No te confíes en el saldo bancario: el primer gran error —y el más frecuente— es tomar decisiones basándose únicamente en lo que aparece en la cuenta del banco. Un saldo abultado hoy puede desaparecer rápidamente mañana. Por ejemplo, en negocios estacionales (turismo, eventos, agricultura, etc.), los ingresos pueden ser muy altos en ciertos meses, pero también hay temporadas “valle” con ingresos mucho más bajos. Si solo nos fijamos en la cifra que vemos en línea, corremos el riesgo de sentirnos falsamente seguros y comprometer gastos que después no podremos afrontar.

Haz un pronóstico de tesorería realista: preparar un pronóstico de tesorería no es solo para grandes corporaciones. Las pequeñas empresas también se benefician enormemente de una proyección mensual (o incluso semanal) de sus ingresos y gastos. Incluye todo lo que razonablemente esperes que entre y salga: ventas futuras, gastos fijos, pagos a proveedores, impuestos periódicos y posibles contingencias. Esto no tiene por qué ser un cálculo complejo ni requerir software costoso; una hoja de cálculo sencilla puede bastar. También puedes encargar a tu asesoría que te prepare uno. Lo importante es que lo revises con frecuencia y lo ajustes según la realidad de tus operaciones.

Ten en cuenta la estacionalidad Algunos sectores sufren oscilaciones considerables a lo largo del año. Por ejemplo, un negocio de hostelería puede facturar el doble durante la temporada alta de verano, mientras que en invierno apenas cubre gastos. Identifica cuáles son tus picos y valles de ingresos, y no “quemes” toda tu liquidez en los meses buenos. Reservar una parte de los ingresos para cubrir meses de menor actividad resulta esencial para evitar sobresaltos.

Planifica los pagos de impuestos y nóminas: es fácil olvidarse de que, trimestralmente, llegará la cita con Hacienda. Entre el IVA, el IRPF y otros impuestos, el desembolso puede llegar a ser significativo. Igualmente, los empleados pueden tener derecho a pagas extra o ajustes salariales que, si no se contemplan en el flujo de tesorería, pueden poner en aprietos a la empresa. Para evitar sustos, integra estos pagos en tu pronóstico y, si es necesario, crea una cuenta separada para ir reservando fondos que se destinarán exclusivamente a cubrir estas obligaciones.

Negocia con proveedores y busca descuentos: aunque pueda sonar obvio, muchas veces no aprovechamos el potencial de una buena negociación con proveedores. Ajustar plazos de pago o negociar descuentos por pronto pago puede suponer un alivio significativo en la tesorería. Además, desarrollar relaciones sólidas con quienes te suministran productos o servicios te da un margen de maniobra en caso de tener que posponer algún desembolso, evitando así caer en un bache financiero.

Crea un “colchón” de seguridad: como abogado, he visto infinidad de veces cómo un imprevisto (una máquina averiada, un cliente que retrasa pagos, un cambio regulatorio) descarrila completamente las finanzas de un pequeño negocio. Contar con un fondo de emergencia —un porcentaje de los ingresos reservado cada mes— puede marcar la diferencia entre capear el temporal o verte obligado a buscar financiación rápida y costosa.

Revisa y ajusta periódicamente: el mercado cambia, la competencia se mueve y nuestros objetivos evolucionan. Por eso, revisa tu flujo de caja y tu pronóstico cada cierto tiempo. Ajusta cualquier desviación que detectes y actúa en consecuencia. La constancia en la revisión y la flexibilidad en las decisiones son clave en la gestión financiera de las pymes.

En conclusión, el verdadero secreto para llevar un control eficaz de la tesorería es ser proactivo y no dejarse engañar por la aparente comodidad de un saldo bancario. Si planificas, anticipas gastos ineludibles y creas un pequeño colchón, podrás tomar decisiones con serenidad, incluso en tiempos de incertidumbre.

¿Cuáles son los «trucos» que utilizas tú para no llevarte sustos con la tesorería?

El papel de los ultrarricos en la crisis climática: ¿Mad Max o Elysium?

En los últimos años, hemos visto cómo huracanes más intensos, temperaturas récord y sequías prolongadas pasan de ser noticias esporádicas a sucesos que se repiten con alarmante frecuencia. Pero lo que a menudo se oculta tras estas catástrofes es un factor clave: la huella de carbono desproporcionada que generamos quienes vivimos en el llamado «primer mundo», y de manera muy especial los ultrarricos. ¿Por qué sucede esto y qué podemos hacer al respecto? La clave para enfrentar el cambio climático pasa, necesariamente, por replantearnos la desigualdad global.

Diversos estudios señalan que la riqueza extrema acarrea también un consumo de recursos extremos. Un informe de Oxfam concluyó que el 1% más rico de la población mundial emite más del doble de dióxido de carbono que el 50% más pobre. Pensemos en yates, jets privados, mansiones climatizadas y una vida llena de lujos que consumen cantidades obscenas de energía y todo tipo de recursos. Cuando multiplicamos ese nivel de gasto por el volumen de las personas con mayor poder adquisitivo, el impacto medioambiental se dispara.

En contraste, la gran mayoría de la población mundial lucha por cubrir necesidades básicas y salir de la pobreza. Estas comunidades, aunque consumen muy poco en términos de energía y materias primas, son las que más sufren las consecuencias del cambio climático: sequías que arruinan sus cultivos, aumento del nivel del mar que inunda sus aldeas costeras o cambios drásticos en los patrones climáticos que afectan sus fuentes de alimento. Ante este panorama, es innegable la necesidad de actuar con urgencia.

Si somos honestos, sabemos perfectamente que es absolutamente imposible que toda la población mundial alcance el nivel de vida que tenemos en el primer mundo, lo cual implica que seguir como estamos solo conduce a dos caminos posibles: o al colapso climático del planeta y con él de toda la humanidad, o a la bunkerización del primer mundo y el mantenimiento por la fuerza del resto de la población en la miseria, el hambre y la enfermedad.

Por este camino solo vamos hacia Mad Max o hacia Elysium, y ninguno de los dos parecen sitios en los que te gustaría vivir si no eres parte del 1% de ultrarricos.

Pero hay otros caminos. La realidad es que podemos vivir mucho mejor con mucho menos, porque realmente no necesitamos irnos de vacaciones a los confines del mundo cada fin de semana, ni cambiar cada seis meses nuestros dispositivos digitales, ni renovar nuestro armario cada quince días, ni comer productos exóticos todos los días del año. Si lo pensamos un segundo, todas estas cosas en realidad son las que necesitan los ultrarricos para seguir siéndolo, y por el camino nos llevan al desastre.

No necesitamos todas esas cosas que nos están matando, y sin embargo necesitamos muchas otras que nos harían vivir mucho mejor: necesitamos reconectar con la naturaleza y con la tierra, necesitamos compañía, amistades y cuidados, necesitamos tiempo, necesitamos vivir más despacio, poder cuidarnos, necesitamos más comunidad y menos individualismo.

Y no podemos esperar a un cambio global planetario, tenemos que empezar ya, cada cual en nuestra casa, en nuestra empresa, en nuestro barrio y en nuestro pueblo. Individual y colectivamente. Tenemos que armar nuevas alianzas sociales, tenemos que contar la verdad y exigir a la política que aborde la situación. Tenemos que construir redes, alianzas, complicidades y comunidades.

Yo no se tú, pero yo no voy a quedarme esperando a ver si al final me llevan a Mad Max o a Elysium.

Lo que tu estrategia no ve: la mirada imparcial que puede marcar la diferencia.

¿Te has planteado alguna vez si tu negocio está sacando todo el potencial de su estrategia? ¿O si las ideas que surgen internamente dejan fuera puntos clave que podrían ser determinantes para el futuro de tu empresa? La realidad es que, por muy capacitado que esté tu equipo, llega un momento en que toda organización necesita una perspectiva imparcial, fresca y experta para llevar su reflexión estratégica al siguiente nivel.

En un artículo anterior, titulado “¿Valen para algo los planes estratégicos?”, abordé la importancia de tomarse en serio la elaboración de un plan de largo alcance. En esta ocasión, me gustaría profundizar en una idea complementaria: la conveniencia de contar con apoyo externo a la hora de diseñar y replantear nuestra estrategia.

La pregunta inevitable es: ¿Por qué contratar a un consultor o asesor externo cuando ya tenemos un equipo sólido y con experiencia? Entre otras razones, porque un profesional externo aporta objetividad y una visión menos condicionada por la cultura corporativa y las dinámicas del día a día. Muchas veces, dentro de la empresa, el entorno nos absorbe y nos dificulta ver con claridad posibles ineficiencias o vías de desarrollo. Un consultor experimentado puede detectar rápidamente oportunidades y amenazas que, de otro modo, pasarían desapercibidas.

Otro aspecto relevante es la especialización. Hay consultores y asesores que se dedican a analizar mercados, tendencias y modelos de negocio de forma permanente, lo que les permite acumular un bagaje único. Contar con alguien que “respira” estrategia, innovación y gestión del cambio a diario puede ayudarnos a tomar atajos en el proceso de reflexión estratégica, evitando cometer los mismos errores que otras compañías ya han cometido.

Por supuesto, también surgen dudas sobre el coste: ¿No es muy caro contratar a alguien externo para que nos ayude en este proceso? La realidad es que el abanico de posibilidades es amplio, y no todas las opciones implican enormes desembolsos. Existen colaboradores que se integran durante un periodo corto y definido, que trabajan por proyectos o que facturan por fases, lo que permite ajustar la inversión a las necesidades y dimensiones de cada compañía. Con frecuencia, la magnitud de los beneficios —nuevas oportunidades de negocio, ahorros significativos, mejora de la competitividad— supera con creces los gastos iniciales.

En mi propia experiencia como abogado y consultor, he visto cómo incluso pequeñas y medianas empresas, con presupuestos limitados, han transformado su forma de operar y de dirigirse al mercado gracias a un acompañamiento estratégico puntual.

Además, el retorno de la inversión no se limita a aspectos tangibles. Un consultor externo contribuye a mejorar la cultura de la empresa y a fomentar la colaboración entre departamentos. Cuando la plantilla observa que la dirección busca ayuda externa y adopta nuevas ideas, se genera un clima de aprendizaje continuo y de apertura al cambio. Con el tiempo, esto suele traducirse en más agilidad para responder a los retos del mercado.

Otro elemento a destacar es el ahorro de tiempo. Muchas organizaciones invierten meses —a veces años— en debates internos que no llegan a conclusiones sólidas. Un profesional ajeno puede agilizar el proceso de toma de decisiones al aportar herramientas y metodologías probadas, evitando estancamientos y discusiones interminables. Cerrar las cuestiones críticas con eficacia permite enfocar la energía del equipo en la ejecución de las acciones definidas en el plan estratégico.

En definitiva, contar con apoyo externo en la reflexión estratégica no es solo una buena práctica, sino un paso prácticamente imprescindible si queremos aprovechar todas las oportunidades que nuestro entorno nos ofrece. El coste de no hacerlo puede ser mucho mayor que la inversión requerida para dar con la persona adecuada, pues asumir riesgos sin un mapa claro es una de las principales causas de fracasos empresariales a medio plazo.

Comparte tus ideas en los comentarios y, si todavía no lo has hecho, no dejes de leer mi anterior artículo para conocer mejor la relevancia de elaborar un plan estratégico sólido. A veces, un pequeño cambio en nuestra forma de pensar puede desencadenar grandes transformaciones en el negocio.

La polémica del “vuelta a la oficina”: ¿Cómo encontrar un equilibrio sostenible?

En los últimos meses, diversas empresas han anunciado el fin del teletrabajo y la exigencia de que su plantilla regrese a las oficinas a tiempo completo. Esta decisión ha generado un intenso debate: por un lado, algunos la consideran imprescindible para fomentar la colaboración y la cohesión interna; por otro, muchos la ven como un retroceso que ignora los avances tecnológicos y la experiencia de los últimos años. Como profesional del ámbito legal y de la consultoría en gestión empresarial, he podido acompañar a diferentes organizaciones en la adopción de políticas laborales y os comparto algunos de los pros y contras más relevantes que veo en ambos modelos, así como una propuesta de equilibrio basada en la confianza y la responsabilidad mutua.

Es evidente que el contacto directo facilita la transmisión de valores y la creación de un sentimiento de pertenencia. La interacción diaria, las charlas informales y las reuniones presenciales contribuyen a reforzar la cohesión del equipo y la implicación con los proyectos.

Además, aunque las herramientas digitales de videoconferencia y mensajería han mejorado notablemente, ciertos tipos de coordinación y resolución de problemas resultan más ágiles y efectivos cuando los equipos se encuentran en el mismo espacio.

En especial aara los perfiles más jóvenes o para quienes se encuentran en procesos de formación, la presencia de colegas con experiencia cercana puede resultar fundamental para su desarrollo profesional.

Por contra, el tiempo de desplazamiento y la rigidez de horarios restan flexibilidad a los empleados, afectando a su calidad de vida y, en la mayoría de los casos, a su motivación.

No menos importante es tener en cuenta que tanto la empresa como el trabajador asumen mayores gastos: alquileres de grandes espacios, mantenimiento de oficinas, transporte y otros servicios asociados. En algunos casos, esto puede repercutir de manera significativa en la estructura de costes y la competitividad de la organización.

Además, y me parece especialmente importante, obligar a todos a volver al centro de trabajo puede interpretarse como una clara falta de confianza por parte de la dirección, especialmente si la productividad no se había visto mermada durante el teletrabajo.

Por su lado el teletrabajo tiene un importante riesgo de hiperconectividad y estrés. La línea entre vida laboral y personal se difumina y muchos teletrabajadores pueden caer en la trampa de estar “siempre disponibles” y no desconectar.

El teletrabajo no es simplemente irse a trabajar a casa desde un ordenador. Requiere herramientas adecuadas y exige disciplina y responsabilidad para organizar el tiempo y cumplir objetivos. No todas las personas cuentan con la misma capacidad para ello.

Una alternativa equilibrada: confianza y corresponsabilidad

A la vista de lo anterior, una opción cada vez más valorada es la adopción de modelos híbridos o flexibles, basados en la responsabilidad y la autogestión. Las empresas que apuestan por esta vía suelen establecer mecanismos claros de seguimiento de objetivos (más que de horarios) y fomentan un ambiente de confianza mutua.

  1. Políticas híbridas: Combinar días de trabajo presencial con jornadas de teletrabajo permite beneficiarse de lo mejor de ambos mundos: se mantiene el contacto directo para reuniones clave, proyectos colaborativos y cohesión de equipo, a la vez que se ofrece la flexibilidad que muchos empleados valoran.
  2. Enfoque en resultados: En lugar de exigir la presencia física como indicador de productividad, se deben establecer metas claras y medibles, con mecanismos de evaluación transparentes. Así, la presencialidad se convierte en una herramienta útil (reuniones, debates estratégicos), no en una imposición carente de sentido.
  3. Formación y acompañamiento: Es fundamental capacitar a los empleados en competencias digitales, gestión del tiempo y autonomía, al tiempo que se promueven canales de comunicación eficaces para mantener la cultura corporativa.
  4. Confianza y comunicación abierta: La base de un modelo sostenible se construye en la alineación de valores y en la responsabilidad mutua. La empresa ha de confiar en la capacidad de sus trabajadores para autogestionarse, y los trabajadores deben responder con compromiso y profesionalidad.

En un entorno tan cambiante, las políticas laborales no pueden ser estáticas. Requieren reflexión estratégica, análisis de costes y, sobre todo, una escucha activa de las necesidades de cada equipo. El éxito a largo plazo pasa por encontrar un punto de equilibrio que respete la individualidad de los profesionales y la cultura empresarial. Y, por encima de todo, debe asentarse en la convicción de que la motivación y la productividad florecen cuando hay una relación de verdadera confianza entre empresa y personas.

¿Existe consenso científico sobre el origen humano del cambio climático? Rotundamente, SÍ.

«Los científicos saben desde hace décadas que la Tierra se está calentando. El aumento de las temperaturas globales desde finales del siglo XIX no tiene precedentes en miles de años. Es inequívoco que los seres humanos estamos provocando el calentamiento. Los cambios en la actividad solar y las erupciones volcánicas no son la causa de la tendencia al calentamiento.»

Esta frase tan contundente la puedes encontrar en la web del IPCC, que es el principal órgano internacional encargado de evaluar el conocimiento científico relacionado con el cambio climático. Fue establecido en 1988 por la Organización Meteorológica Mundial (OMM) y el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) con el propósito de proporcionar a los responsables de políticas evaluaciones científicas periódicas sobre el cambio climático, sus impactos y posibles estrategias de adaptación y mitigación.

Cuenta con 195 estados miembros y no realiza investigaciones propias, sino que analiza periódicamente toda la investigación en la materia para extraer las conclusiones que tienen máximo consenso científico.

En los últimos informes cerca de 800 autores coordinadores, junto a más de 1.000 autores contribuyentes y más de 2.000 revisores expertos participaron en el proceso de revisión, evaluando más de 30.000 informes científicos.

Esto no significa que no haya ningún científico en el mundo que niegue la causa antropogénica del cambio climático, o incluso el cambio climático en sí mismo. Aunque muy pocos, existen algunos científicos que niegan esta realidad. Varios de ellos ya han sido desenmascarados por estar a sueldo precisamente de las principales empresas causantes del cambio climático, y el resto han sido cuestionados bien por no ser realmente expertos en la materia o por basarse en informaciones y estudios erróneos.

El cambio climático y su origen antropogénico tiene el mismo nivel de consenso científico que puede tener la forma esférica del planeta, la existencia de la gravedad, o la evolución de las especies. Por más que haya personas que nieguen todas ellas, científicamente no hay ningún género de dudas al respecto.

Ante una situación de shock profundo es normal que nuestra primera reacción sea la negación. No queremos creer que nuestra persona querida ha muerto, o que nuestra relación sentimental se ha terminado. Del mismo modo no queremos pensar que le estamos prendiendo fuego a nuestra casa con nuestro estilo de vida.

Por más comprensible que sea esta actitud de negación, no podemos quedarnos ahí porque la realidad es la que es y es imperativo asumirla para poder pasar a la acción.