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Importa mucho más lo que tú piensas de ti que lo que piensan de ti los demás (pero tu cerebro no lo sabe)

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Una de las características que más han contribuido a la espectacular evolución del ser humano ha sido su capacidad de colaborar a gran escala con otros seres humanos más allá de su círculo próximo familia o de grupo de confianza. Esto es algo realmente difícil de apreciar en ninguna otra especie, incluidas las más similares como primates.

El «gen social» que llevamos dentro está dirigido por la parte más antigua de nuestro cerebro, producto de dos millones de años de desarrollo (dos millones de años!!!) y que durante todo ese tiempo se ocupó de que llegásemos vivos al día siguiente, nada más y nada menos. Si bien la teoría del «cerebro reptiliano» ha caído en desuso, es cierto que en nuestro sistema cerebral operan aún, como no puede ser de otro modo, mecanismos que en nuestro entorno actual carecen de sentido pero que han sido esenciales para nuestra supervivencia durante el 99,5% del tiempo de existencia de la humanidad.

Y una de las elementos que evalúa constantemente ese mecanismo profundo es cómo estamos de integrados en nuestro grupo social. Por que desde hace millones de años, ese era el factor fundamental de supervivencia, y lo sigue siendo en parte hoy en día.

Así que nuestro mecanismo automático de supervivencia está constantemente diciéndonos que todo lo que hagamos, pensemos o sintamos que esté en sintonía con el grupo es bueno para nosotros, y todo lo que no es malo y pone en riesgo nuestra propia supervivencia.

Por eso somos capaces de hacer cosas estúpidas solo porque a nuestro alrededor otras personas las hacen. Por eso existen las modas, y las contra modas, y las «tribus urbanas» y las cuadrillas y todo el mundo trata de encontrar «su grupo» ya sea como seguidor de un equipo deportivo o como terraplanista. Obviamente la parte positiva es que también somos capaces de replicar e integrar los comportamientos más positivos, los que benefician al conjunto, nos permite una difusión del conocimiento y de la experiencia inimaginables en otras especies.

Por eso nuestro cerebro primitivo está constantemente evaluando si la opinión y la consideración de nuestro grupo es buena o no (porque de ello dependía nuestra supervivencia), y por eso nos importa tantísimo la opinión de otras personas.

Pero tenemos un problema enorme, porque nuestra sociedad ha evolucionado de manera exponencial en los últimos diez mil años, y muy especialmente en los últimos 500 años, y nuestro cerebro no ha tenido tiempo suficiente para desarrollarse al mismo ritmo.

Por eso tenemos que tomar conciencia de cuándo están operando los mecanismos de supervivencia de nuestro cerebro y nos lleva a actuar de una manera que en realidad no queremos.

Nuestros amigos estoicos no sabían nada de neurociencia, pero tenían un enorme conocimiento del comportamiento humano y sabían que aquí había un «desajuste» que solo la filosofía aplicada podría resolver:

Si quieres mejorar, debes estar dispuesto a ser ridiculizado. EPICTETO

El éxito de un insulto depende de la sensibilidad y la indignación de la víctima. SÉNECA

No deja de sorprenderme el hecho de que, aunque nos queremos más que a otras personas, valoramos más sus opiniones que las nuestras propias. MARCO AURELIO

Importa mucho más lo que tú piensas de ti que lo que piensan de ti los demás. SÉNECA

Si alguien consigue provocarte y hacer que pierdas la tranquilidad, tu mente es cómplice. EPICTETO

¿Alguien me desprecia? Ese es su problema. Mi misión es asegurar que no hago nada que merezca desprecio. MARCO AURELIO

Si alguien ofreciera tu cuerpo a un desconocido por la calle, te enfurecerías. Y sin embargo, ofreces tu mente a cualquiera para que abuse de ella, dejándola perturbada. ¿No te da vergüenza? EPICTETO

Ganarás el respeto de los demás cuando te empieces a respetar a ti mismo. MUSONIO RUFO

Contra la ira, postergación

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Habitualmente eres una persona pacífica y tranquila, comprensiva y empática. En muchas situaciones en las que otras personas se enfadan y se enojan, tú mantienes la calma sin demasiados problemas.

Pero no siempre es así, y también se dan situaciones(*) en las que tu ira brota descontrolada desde tu interior, tu corazón bombea con toda su energía hinchando tus venas, una suerte de presión interior empuja con todas sus fuerzas para salir al exterior, caminas agitadamente, tu cabeza parece a punto de reventar, tienes ganas de explotar, de gritar, de arrasar con todo, de soltar las verdades, de cantarles las cuarenta, de pararles los pies de una vez…

En esos momentos una voz no para de decirte que tienes todo el derecho a ponerte en ese estado; no solo eso, te dice que es imposible no dar rienda suelta a la ira, que es insensato no hacerlo, que es una cobardía no responder, que tienes que hacer algo por respeto a tí mismo…

Y la experiencia (ya de unos cuantos años) te dice que siempre, siempre, siempre, que te has dejado aconsejar por tu ira, las cosas no han mejorado en nada, ni has resuelto nada, ni siquiera te has sentido mejor o desahogado.

Sin embargo, las veces que has conseguido postergar la respuesta, dejar para otro día esa conversación, contestar más tarde a ese mensaje, respirar y pensar en otra cosa mientras te están «buscando», las veces que has dejado que la presión de tu olla se fuese bajando poco a poco, siempre, siempre, siempre, ha sido para bien, después te has sentido a gusto y todo ha ido mejor.

Postergar. En este caso es la gran estrategia, la auténtica solución. No pensar en nada más, solo en dejarlo pasar y responder en otro momento, nunca en «el» momento. Pasado un tiempo, a menudo muy breve, todo lo ves de otra manera, mucho menos dramática, mucho menos trágica, mucho menos importante.

Postergar es la mejor opción para entrenar la sana indiferencia que se necesita para convivir con otras personas.

Recuerda a tus buenos consejeros estoicos con sus abundantes consejos sobre este tema:

La ira incontenida es frecuentemente más dañina que la injuria que la provoca. SÉNECA

La ira es un ácido que hace más daño al recipiente que la almacena que al objeto sobre el que se vierte. SÉNECA

La ira es como una piedra en caída libre, que se va descomponiendo contra las mismas cosas que golpea. SÉNECA

La mejor acción correctiva contra la ira es la postergación de la respuesta. Su primer asalto es duro, pero se debilitará con la espera. SÉNECA

Nuestra ira suele durar más que el daño que nos produjo la fuente de esa ira. SÉNECA

Mantenemos los fallos de los demás delante de nuestros ojos, y los nuestros propios tras nuestra espalda. SÉNECA

¿No quieres irritarte? No indagues más de la cuenta. Los que están siempre preguntando qué han dicho de ellos los demás solo conseguirán enfadarse más. SÉNECA

El vicio de otros no puede penetrar tu mente a menos que lo permitas. Es por ello más importante hacer algo primero sobre tu propia ira, y después sobre su causa. SÉNECA

Cualquier persona capaz de hacerte enfadar se convierte en tu dueño. EPICTETO

No importa la ofensa que nos dan, sino cómo la recibimos. SÉNECA

Es mucho mejor curarse que buscar venganza por el daño. La venganza desperdicia mucho tiempo y te expone a nuevas heridas. MARCO AURELIO


(*) Me refiero siempre a situaciones en las que alguien dice algo o tiene un comportamiento determinado que me resulta absolutamente irritante. No situaciones de agresión o que haya un posible daño hacia mí o hacia los míos. Son situaciones de daño emocional, o lo que a mí me parece en ese momento un daño emocional.

La mentira sobre perseguir tus sueños

Ana Peleteiro Brión es una atleta española, plusmarquista nacional en la modalidad de triple salto en todas las categorías de edad a partir de sub-18.​ Es la actual subcampeona de Europa en pista cubierta de su especialidad​ y medallista de bronce en los Juegos Olímpicos de Tokio 2020

Nuestra sociedad se basa en un conjunto de creencias, muchas de las cuales son absolutamente falsas y gravemente perjudiciales para la gran mayoría de las personas.

Una de estas grandes mentiras es que si deseas algo con pasión y te esfuerzas por ello, puedes lograr cualquier cosa que te propongas. Constantemente vemos «ejemplos» de personas exitosas que nos dicen que solo con su pasión y su esfuerzo (en algunos casos solo con desearlo con mucha fuerza) han logrado todo lo que se han propuesto. Y es completamente mentira.

No pasaría nada, sería una creencia inocua si no tuviera un reverso tremendamente pernicioso: si cualquiera puede conseguir lo que quiere con un poco de esfuerzo… entonces, toda persona que no tiene lo que quiere es simplemente porque no se esfuerza lo suficiente. En consecuencia, cada cual es responsable último de su suerte.

Y este es el mundo que estamos construyendo. Un mundo donde la desigualdad va creciendo de manera exponencial con el tiempo, pero donde si no tienes «éxito» es porque no te lo mereces, porque no te has esforzado lo suficiente, porque no lo has querido verdaderamente. Un mundo en el que tu esperanza de vida y la calidad de la misma depende en un 99% del lugar donde nazcas, del color de tu piel, del nivel económico de tu familia, pero donde se te juzgará, y lo que es peor te juzgarás tú, solo por tus «resultados», independientemente del punto de partida.

La brutal presión que esta infame creencia ejerce sobre todas las personas de todas las edades y condiciones está causando enormes problemas de todo tipo, incluidas graves consecuencias sobre la salud mental de amplísimas capas de la población mundial.

El estoicismo nos recuerda que el éxito y el fracaso están fuera de nuestra zona de control, dependen de innumerables factores y que nuestro esfuerzo puede tener recompensa o no, por lo que debemos desligarlos completamente.

Donde sí que tengo pleno control es sobre «quién soy» yo, sobre lo que siento, pienso y hago. El resultado que obtenga dependerá de mil factores externos. Pero lo importante es «la nobleza de los recursos utilizados«.

Así que la próxima vez que te mires al espejo y veas todos tus fracasos, no te apures tanto, y trata de emplear recursos más nobles la próxima vez. Y si te miras y ves tus éxitos, no te emociones mucho, porque en su mayor parte será fruto de la fortuna, de la herencia, de la genética, de la posición social, etc, etc.

No son tus éxitos y tus fracasos los que te definen, sino tus sentimientos, tus pensamientos y tus acciones.

El éxito y el fracaso, el dolor y el placer, la riqueza y la pobreza. Todas estas cosas ocurren a personas buenas y a personas malas, y por tanto no traen nobleza ni vergüenza. MARCO AURELIO

El hombre sabio se preocupa por la intención de sus acciones, no por sus resultados. Nuestra acción inicial está bajo nuestro control, pero la fortuna determina su final. SÉNECA

Pasa lo que tiene que pasar…

«En cualquier tarea se puede ganar o perder, lo importante es la nobleza de los recursos utilizados» Enorme Bielsa

…y da igual si te parece bien o mal, si te gusta o no, es lo que hay así que deja ya de preocuparte por lo que sucederá, de decepcionarte cuando no pasa lo que tu quieres, de enorgullecerte cuando sí que sucede…

Entonces, ¿da igual cómo actúes? No! Claro que no! Porque lo que pasa FUERA de ti será lo que tenga que ser, pero lo que pasa DENTRO de ti, eso depende (casi) completamente de ti.

Trata de practicar la sabiduría, la justicia, el coraje y la templanza, esa es tu misión, esa es tu razón de ser, y lo demás será lo que tenga que ser.

No es fácil, a pesar de que intelectualmente sabes que no es lo razonable, sigues actuando en la confianza de que obtendrás un resultado. Juegas el partido y esperas ganar, no solo jugar lo mejor posible y ya está, que en realidad es lo único razonable que puedes esperar.

Cuando realmente consigues desapegarte del resultado, cuando verdaderamente te pones en posición de hacer todo lo que está en tu mano, esperando lo mejor y preparado para lo peor, ahí es cuando encuentras el equilibrio, la serenidad, la justa distancia, tanto si todo sale bien como si no.

Tu amor por el control, tu ego, tu necesidad de autoafirmación a través del éxito, tu deseo de reconocimiento… todo eso es lo que te daña, lo que te hace pequeño y débil.

Además de al inmenso «loco» Bielsa, también releo a mis amigos estoicos y creo que no se puede explicar de mejor manera:

Tú tienes poder sobre tu mente, no sobre los acontecimientos. Date cuenta de esto y encontrarás tu fuerza. MARCO AURELIO

El hombre sabio se preocupa por la intención de sus acciones, no por sus resultados. Nuestra acción inicial está bajo nuestro control, pero la Fortuna determina su final. SÉNECA

No esperes que los eventos sucedan como deseas, sino desea que ocurran como son, y tu vida transcurrirá sin problemas. EPICTETO

No está en nuestro poder tener lo que deseamos, pero sí está en nuestro poder no desear lo que no tenemos y aprovechar todo lo que nos ha llegado. SÉNECA

El destino guía a quien lo acepta, y arrastra a quien lo rechaza. SÉNECA

Algunas cosas son buenas, otras malas y otras indiferentes. Lo bueno es la virtud, lo malo lo que se aleja de la virtud. Lo indiferente son cosas como la riqueza, la salud o la reputación. ¿Dónde debes buscar entonces lo bueno y lo malo? En ti, en lo que te pertenece. En lo que no te pertenece no debes usar los términos bueno o malo. EPICTETO

Todos mis bienes están conmigo: justicia, valor, sabiduría, la disposición a no considerar como un bien nada que se nos pueda arrebatar. SÉNECA

Solo hay un camino a la felicidad: desapégate de las cosas que no dependen de ti. EPICTETO

Una mirada con perspectiva

Desde la vuelta de vacaciones en septiembre están siendo unas semanas muy apropiadas para ejercitar la capacidad de distinguir lo que está en tu zona de control y lo que no (la famosa dicotomía del control) y sobre todo a mantener la serenidad frente a lo que está fuera de ella y a actuar sobre lo que está dentro.

Viéndolo ahora con un poco de perspectiva, has ido mejorando. Empezaste realmente mal, con mucha frustración y angustia porque las cosas no eran como tú querías, como tu habías imaginado… pero poco a poco has podido ir mejorando, evolucionando a poquitos, descubriendo y descubriéndote.

En ese camino te ha ayudado mucho revisar cada día lo que hacías, escribir en tu diario, pasar tiempo contigo mismo, reconocer tus errores y tus fracasos, pelear contra la autocompasión, agradecer el presente, acompañarte de buenas lecturas y de personas inspiradoras, hacer lo que tenías que hacer aún sin mucha motivación, incluidas conversaciones bien complicadas.

Y con todo ello has podido aprender, otra vez, algunas cosas interesantes que será bueno que no olvides, que seas capaz de mantener en tu comportamiento diario como que nada es tan malo como parece, que mucho depende de cómo vives lo que te sucede y que hay que mantener una cierta «indiferencia» frente a todo, que la vida nos puede poner pruebas tremendamente duras, de las que realmente desconocemos su verdadero final.

Has sufrido, has disfrutado, has decidido, has vivido y lo has hecho tomando conciencia en cada momento.

Miras atrás con serenidad y observas tu evolución.

Miras al futuro y sueñas con hacer realidad tus sueños.

El pasado ya no te daña, solo te enseña.

El futuro está por escribir, haz tu parte.

El presente es lo único que verdaderamente tienes, no lo pierdas!

¿Qué sucede cuando morimos?

Es una pregunta a la que todas las escuelas filosóficas y todas las religiones han tratado de dar respuesta a lo largo de la historia de la humanidad.

Hay muchas creencias y ninguna evidencia por lo que todas ellas son igualmente posibles, o no. Cada cual se hace su composición y es la que vale puesto que no hay forma de demostrar si será acertada o no.

Personalmente me parece fenomenal quien cree que tras la muerte le espera la vida eterna, el paraíso, la reencarnación o lo que sea. No tengo ninguna evidencia de que no tengan razón, ni de lo contrario.

Supongo que, además del condicionante de la cultura en la que hayas nacido, cada cual «escoge» la creencia que mejor le sirve para convivir con serenidad con sus miedos y sus fantasmas frente a la muerte. De algún modo, nos «inventamos» lo que sucederá tras la muerte en función de lo que nos gustaría que verdaderamente sucediese.

Mi creencia es que todo lo que existe en el universo forma parte de un todo: cada persona, cada animal, cada planta, cada ser, cada estrella, cada planeta… somos como una nota de una melodía infinita. Cada nota es única e imprescindible para esa melodía. Si una nota no existe, la melodía es diferente. Y cada nota suena un instante, más o menos prolongado, pero efímero en todo caso. La nota suena y después desaparece como tal, y lo que permanece es la melodía a la cual ha contribuido haciéndola única e irrepetible gracias a su existencia.

Mi creencia es que mi vida es esa breve nota que suena y que conforma esa infinita y universal melodía. Y no creo que haya nada cuando termine de sonar porque precisamente es lo que debe suceder para que la melodía continúe y sea armoniosa y bella.

Mi creencia no es que debo «portarme bien» en esta vida para tener mi recompensa en el más allá, o para tener una buena reencarnación… mi creencia es que debo ser la nota adecuada, armoniosa y delicada que contribuya de la mejora manera posible a la melodía infinita del universo.

¿Tendré razón? Sinceramente no me importa mucho porque como toda creencia, esta también está construida para darme sentido y propósito, y eso es lo realmente importante para mí.

No solo importa lo que la vida te trae

Hay personas a las que la vida les trae todo lo que cualquiera podría desear, dinero, fama, éxito, amor, amistad, poder, talento… y sin embargo son tan profundamente infelices como para acabar perdiendo la propia vida.

El otro día vi el documental «Belushi» sobre la espléndida vida y trágica muerte del grandísimo actor, músico y sobre todo cómico que fue John Belushi. A mi me encantaba su música, tanto que durante mucho tiempo tuve como tono de llamada del móvil una de sus canciones.

En 1978 John protagonizaba la más taquillera comedia de la historia del cine «Desmadre a la americana«, su banda «The Blues Brothers» alcanzaba el número uno en todas las listas con su primer disco «Briefcase Full of Blues», y su programa en TV «Saturday Night Live» no solo batía todos los records de audiencia, sino que era la referencia de la cultura popular del momento. Pero la vida no solo le sonreía en los profesional, a su alrededor tenía el amor incondicional de personas como su pareja de toda la vida, Judy o su inseparable amigo Dan Aykroyd.

Según todas las personas que le conocieron, John Belushi era el tipo más divertido, talentoso, sensible y amable que habían conocido. La típica persona que todo el mundo adoraba según entraba por la puerta.

Solo 4 años después, a los 33 años, John fallecía por sobredosis de cocaína y heroína, en un más que previsible final vista su desenfrenada carrera por el mundo de las drogas.

¿Por qué?

¿Por qué alguien que aparentemente lo tenía todo sería tan infeliz como para querer autodestruirse?

Imagino múltiples factores, y por supuesto no sería descartable algún tipo de problema en su salud mental. Además la experiencia con las drogas no es tan sencilla como las tomo y las dejo. Como cualquier adicción, requieren de mucho esfuerzo y tratamiento especializado.

Pero aún así… incluso con todas esas cuestiones, hay algo que podemos aprender del gran John Belushi: no solo importa lo que la vida te trae, sino también cómo te haces cargo de ello, sea lo que sea.

En el documental varios amigos cercanos cuentan que John tenía «hambre» de todo lo que la vida le podía ofrecer, y que lo tomaba todo sin medida, ya fuera el éxito, el trabajo, el amor, las drogas, la fama o lo que fuese.

Como decía antes, seguro que hay otros muchos factores y no pretendo responsabilizarle en exclusiva de su destino final, y sí creo que podemos extraer algún aprendizaje interesante para nuestra vida, y no puedo evitar acordarme de esta cita de mi maestro estoico Epicteto:

Recuerda que en la vida debes comportarte como en un banquete. ¿Te ofrecen algo? Extiende tu mano y toma tu parte con moderación. ¿Ha pasado de largo? No lo detengas. ¿Aun no ha sido ofrecido? No extiendas tu deseo hacia ello; espera que llegue a ti. Haz esto en relación con hijos, esposa, cargos públicos, riquezas, y llegarás a ser un digno participante del banquete de los dioses (Enquiridión, 15).

Conversaciones difíciles (o quizá no tanto)

Si lo piensas un poco, lo que más haces en tu trabajo es tener conversaciones. Cara a cara, por teléfono, mail, mensajería instantánea… te pasas el día teniendo conversaciones con otras personas.

En ocasiones esas conversaciones se convierten en una fuente importante de ansiedad porque son conversaciones complicadas, en las que tienes que decir algo que te cuesta decir o que supones que a la otra persona no le va a gustar, o necesitas obtener un resultado concreto de dicha conversación y te angustia no conseguirlo.

De nuevo te olvidas de lo que te enseñan tus amigos estoicos y pretendes tener control sobre cosas que están fuera de ti y sobre las que no puedes tenerlo: quieres que la persona con la que conversas te entienda, te de una respuesta determinada, quieres conseguir algo de ella, quieres que no se enfade o no se moleste o no se deprima… pero nada de todo ello está en tu ámbito de control.

Evidentemente puedes y debes hacer lo que esté en tu mano para explicarte bien, para no herir, para no ofender, para convencer, pero no puedes asegurar que lo conseguirás porque todo ello están en la zona de control de la otra persona.

Debes poner de tu parte en la conversación toda tu honestidad, sinceridad, transparencia, valor y cariño. Eso es lo que depende completamente de ti, esa es tu responsabilidad y lo que debe preocuparte. Nada más. Cómo la otra persona entenderá, reaccionará, se sentirá, te contestará, etc, no depende de ti y por lo tanto no debe inquietarte.

Tienes mil pruebas de que esto es así, de que cuando te centras en lo que tú puedes y debes aportar a la conversación y no en el resultado de la misma, la inmensa mayoría de las veces la conversación va fenomenal, por difícil que sea. Y en las pocas ocasiones en las que no va bien, te sientes tranquilo igualmente porque lo sucedido está fuera de tu control.

Una conversación es como un baile entre dos. Pon todo de tu parte para bailar lo mejor posible, el resto ya no depende de ti, y disfruta, fluye todo lo posible.


PD1: como siempre, este es un fragmento de una conversación reciente conmigo mismo.

PD2: si quieres profundizar más en el tema de las conversaciones complicadas, te recomiendo este libro de Enrique Sacanell «¿Cómo se lo digo? El arte de las conversaciones difíciles«

El ruido de las cosas al caer

En las últimas semanas he leído varios libros de Juan Gabriel Vásquez, un escritor que me ha enamorado, y en uno de ellos que se titula «El ruido de las cosas al caer» hay un fragmento que me ha resultado especialmente inspirador y que tiene un trasfondo estoico muy refinado:

La edad adulta trae consigo la ilusión perniciosa del control, y acaso dependa de ella. Quiero decir que es ese espejismo de dominio sobre nuestra propia vida lo que nos permite sentirnos adultos, pues asociamos la adultez con la autonomía, el soberano derecho a determinar lo que va a sucedernos enseguida. El desengaño viene más pronto o más tarde, pero viene siempre, no falta a la cita, nunca lo ha hecho. Cuando llega lo recibimos sin demasiada sorpresa, pues nadie que viva lo suficiente puede sorprenderse de que su biografía haya sido moldeada por eventos lejanos, por voluntades ajenas, con poca o ninguna participación de sus propias decisiones. Esos largos procesos que acabarán por toparse con nuestra vida -a veces para darle el empujón que necesitaba, a veces para hacer estallar en pedazos nuestros planes más espléndidos- suelen estar ocultos como corrientes subterráneas, como meticulosos desplazamientos de las capas tectónicas, y cuando por fin se da el terremoto invocamos las palabras que hemos aprendido a usar para tranquilizarnos, accidente, casualidad, a veces destino. Ahora mismo hay una cadena de circunstancias, de errores culpables o de afortunadas decisiones, cuyas consecuencias me esperan a la vuelta de la esquina; y aunque lo sepa, aunque tenga la incómoda certeza de que esas cosas están pasando y me afectarán, no hay manera de que pueda anticiparme a ellas. Lidiar con sus efectos es todo lo que puedo hacer: reparar los daños, sacar el mayor provecho de los beneficios. Lo sabemos, lo sabemos bien; y sin embargo siempre da algo de pavor cuando alguien nos revela esa cadena que nos ha convertido en lo que somos, siempre desconcierta constatar, cuando es otra persona quien nos trae la revelación, el poco o ningún control que tenemos sobre nuestra experiencia.

Es una manera muy bella de escribir sobre la famosa dicotomía del control que está en la base del estoicismo y que Zenón de Citio explicaba con la siguiente metáfora:

Somos como un perro atado a una carreta tirada por dos grandes caballos percherones. La cuerda que lo une a la carreta es bastante larga como para que el perro pueda moverse con comodidad. Una vez que la carreta se pone en marcha, el perro puede luchar contra el movimiento, e intentar no avanzar, o puede comenzar a andar y aprovechar el margen que le proporciona la longitud de la cuerda para investigar los alrededores durante el camino.

En ambos casos, el perro acabará yendo a donde lo lleve la carreta. La diferencia es que si se resiste, sufrirá al verse arrastrado, pero si opta por pasear junto a ella, investigando el entorno alrededor, su viaje será mucho mas placentero.

Pues eso, deja ya de intentar detener la carreta y disfruta del camino por el que te lleva.

Reconoce tus errores, especialmente los que nadie más conoce

Cada día es una sucesión de decisiones, muchas sencillas y sin importancia y de vez en cuando algunas de cierta envergadura.

Algunos estudios hablan de tomas unas 35.000 decisiones cada día, de las cuales 34.900 las toma tu cerebro de manera automática (afortunadamente, o de lo contrario no podrías vivir)

Aún con todo te quedan unas 100 decisiones cada día para tomar conscientemente. Incluso si eres muy, muy bueno tomando decisiones y en el 90% o 95% de las veces tomas una decisión correcta y adecuada, cada día es bastante probable que te equivoques entre 5 y 10 veces. Cada día. En solo un mes puedes haber errado entre 200 y 300 ocasiones.

De todas ellas, seguramente de nuevo el 90% o 95% serán errores sin demasiada importancia: debías llevar algo y se te olvidó, comiste una cosa que no debías, dijiste algo inapropiado, te quedaste viendo la tele en lugar de salir a tu paseo diario…

Pero tendrás un 5% de errores importantes de ese 5% de decisiones conscientes de ese 0,30% de todas las decisiones de cada día… así que cada mes puedes estar metiendo la pata de manera significativa en 7 u 8 ocasiones… no está nada mal, y eso siendo muy, muy bueno.

Así que errar es inevitable. Lo que no es inevitable es empecinarse en el error.

Del error puedes aprender: tomaste una decisión, obtuviste un resultado no satisfactorio, en la siguiente ocasión haz otra cosa diferente.

Pero para eso tienes que reconocer el error. Tienes que ser consciente de que te equivocaste. Tú. No los demás. Tú. Tú que aciertas el noventa y tantos por ciento de las veces. Tú te equivocaste.

Y a veces esos errores son visibles, manifiestos, inocultables. Y entonces no te cuesta tanto reconocer públicamente que sí, que te equivocaste. En el fondo ya todo el mundo lo sabía, así que mejor reconocerlo.

Pero qué haces cuando nadie se dio cuenta de que te equivocaste? Cuando hiciste algo que no era correcto y solo tú lo sabes o solo tú te diste cuenta? Lo reconoces o te lo callas? O buscas la justificación contigo mismo para no admitir lo hecho?

Ahí es donde realmente se ve quien eres, ahí es donde se aprecia tu sabiduría y tu verdadera naturaleza.

Afortunadamente, cada mes tendrás casi seguro un par de ocasiones para ponerte a prueba e ir mejorando, ganando en sabiduría, en coherencia, en humildad, en serenidad.


PD: como viene siendo habitual últimamente, este es de nuevo un fragmente de una reciente conversación conmigo mismo.