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La sencillez de lo complejo

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Vivimos en un mundo cada día más complejo en el que no es nada fácil comprender lo que sucede, sus causas y consecuencias, nuestro impacto en el entorno… en ocasiones me siento abrumado por toda esta complejidad y eso me lleva a la frustración y a la parálisis.

Como dijo alguien que seguro recordareis: «it’s very difficult todo esto» 🙂

De vez en cuando tengo que recordarme que en realidad las cosas son bastante sencillas y que basta con tener claras algunas actitudes en la vida y desarrollar algunos buenos hábitos:

Actitudes:

  • Se agradecido.
  • Se amable con todas las personas.
  • No mientas.

Hábitos:

  • Haz un poco de ejercicio moderado cada día, mejor si puede ser al aire libre.
  • Come comida de verdad.
  • Aprende algo nuevo cada día.
  • Duerme, no es una pérdida de tiempo.

Y poco más…

La mentira sobre perseguir tus sueños

Ana Peleteiro Brión es una atleta española, plusmarquista nacional en la modalidad de triple salto en todas las categorías de edad a partir de sub-18.​ Es la actual subcampeona de Europa en pista cubierta de su especialidad​ y medallista de bronce en los Juegos Olímpicos de Tokio 2020

Nuestra sociedad se basa en un conjunto de creencias, muchas de las cuales son absolutamente falsas y gravemente perjudiciales para la gran mayoría de las personas.

Una de estas grandes mentiras es que si deseas algo con pasión y te esfuerzas por ello, puedes lograr cualquier cosa que te propongas. Constantemente vemos «ejemplos» de personas exitosas que nos dicen que solo con su pasión y su esfuerzo (en algunos casos solo con desearlo con mucha fuerza) han logrado todo lo que se han propuesto. Y es completamente mentira.

No pasaría nada, sería una creencia inocua si no tuviera un reverso tremendamente pernicioso: si cualquiera puede conseguir lo que quiere con un poco de esfuerzo… entonces, toda persona que no tiene lo que quiere es simplemente porque no se esfuerza lo suficiente. En consecuencia, cada cual es responsable último de su suerte.

Y este es el mundo que estamos construyendo. Un mundo donde la desigualdad va creciendo de manera exponencial con el tiempo, pero donde si no tienes «éxito» es porque no te lo mereces, porque no te has esforzado lo suficiente, porque no lo has querido verdaderamente. Un mundo en el que tu esperanza de vida y la calidad de la misma depende en un 99% del lugar donde nazcas, del color de tu piel, del nivel económico de tu familia, pero donde se te juzgará, y lo que es peor te juzgarás tú, solo por tus «resultados», independientemente del punto de partida.

La brutal presión que esta infame creencia ejerce sobre todas las personas de todas las edades y condiciones está causando enormes problemas de todo tipo, incluidas graves consecuencias sobre la salud mental de amplísimas capas de la población mundial.

El estoicismo nos recuerda que el éxito y el fracaso están fuera de nuestra zona de control, dependen de innumerables factores y que nuestro esfuerzo puede tener recompensa o no, por lo que debemos desligarlos completamente.

Donde sí que tengo pleno control es sobre «quién soy» yo, sobre lo que siento, pienso y hago. El resultado que obtenga dependerá de mil factores externos. Pero lo importante es «la nobleza de los recursos utilizados«.

Así que la próxima vez que te mires al espejo y veas todos tus fracasos, no te apures tanto, y trata de emplear recursos más nobles la próxima vez. Y si te miras y ves tus éxitos, no te emociones mucho, porque en su mayor parte será fruto de la fortuna, de la herencia, de la genética, de la posición social, etc, etc.

No son tus éxitos y tus fracasos los que te definen, sino tus sentimientos, tus pensamientos y tus acciones.

El éxito y el fracaso, el dolor y el placer, la riqueza y la pobreza. Todas estas cosas ocurren a personas buenas y a personas malas, y por tanto no traen nobleza ni vergüenza. MARCO AURELIO

El hombre sabio se preocupa por la intención de sus acciones, no por sus resultados. Nuestra acción inicial está bajo nuestro control, pero la fortuna determina su final. SÉNECA

Una mirada con perspectiva

Desde la vuelta de vacaciones en septiembre están siendo unas semanas muy apropiadas para ejercitar la capacidad de distinguir lo que está en tu zona de control y lo que no (la famosa dicotomía del control) y sobre todo a mantener la serenidad frente a lo que está fuera de ella y a actuar sobre lo que está dentro.

Viéndolo ahora con un poco de perspectiva, has ido mejorando. Empezaste realmente mal, con mucha frustración y angustia porque las cosas no eran como tú querías, como tu habías imaginado… pero poco a poco has podido ir mejorando, evolucionando a poquitos, descubriendo y descubriéndote.

En ese camino te ha ayudado mucho revisar cada día lo que hacías, escribir en tu diario, pasar tiempo contigo mismo, reconocer tus errores y tus fracasos, pelear contra la autocompasión, agradecer el presente, acompañarte de buenas lecturas y de personas inspiradoras, hacer lo que tenías que hacer aún sin mucha motivación, incluidas conversaciones bien complicadas.

Y con todo ello has podido aprender, otra vez, algunas cosas interesantes que será bueno que no olvides, que seas capaz de mantener en tu comportamiento diario como que nada es tan malo como parece, que mucho depende de cómo vives lo que te sucede y que hay que mantener una cierta «indiferencia» frente a todo, que la vida nos puede poner pruebas tremendamente duras, de las que realmente desconocemos su verdadero final.

Has sufrido, has disfrutado, has decidido, has vivido y lo has hecho tomando conciencia en cada momento.

Miras atrás con serenidad y observas tu evolución.

Miras al futuro y sueñas con hacer realidad tus sueños.

El pasado ya no te daña, solo te enseña.

El futuro está por escribir, haz tu parte.

El presente es lo único que verdaderamente tienes, no lo pierdas!

¿Qué sucede cuando morimos?

Es una pregunta a la que todas las escuelas filosóficas y todas las religiones han tratado de dar respuesta a lo largo de la historia de la humanidad.

Hay muchas creencias y ninguna evidencia por lo que todas ellas son igualmente posibles, o no. Cada cual se hace su composición y es la que vale puesto que no hay forma de demostrar si será acertada o no.

Personalmente me parece fenomenal quien cree que tras la muerte le espera la vida eterna, el paraíso, la reencarnación o lo que sea. No tengo ninguna evidencia de que no tengan razón, ni de lo contrario.

Supongo que, además del condicionante de la cultura en la que hayas nacido, cada cual «escoge» la creencia que mejor le sirve para convivir con serenidad con sus miedos y sus fantasmas frente a la muerte. De algún modo, nos «inventamos» lo que sucederá tras la muerte en función de lo que nos gustaría que verdaderamente sucediese.

Mi creencia es que todo lo que existe en el universo forma parte de un todo: cada persona, cada animal, cada planta, cada ser, cada estrella, cada planeta… somos como una nota de una melodía infinita. Cada nota es única e imprescindible para esa melodía. Si una nota no existe, la melodía es diferente. Y cada nota suena un instante, más o menos prolongado, pero efímero en todo caso. La nota suena y después desaparece como tal, y lo que permanece es la melodía a la cual ha contribuido haciéndola única e irrepetible gracias a su existencia.

Mi creencia es que mi vida es esa breve nota que suena y que conforma esa infinita y universal melodía. Y no creo que haya nada cuando termine de sonar porque precisamente es lo que debe suceder para que la melodía continúe y sea armoniosa y bella.

Mi creencia no es que debo «portarme bien» en esta vida para tener mi recompensa en el más allá, o para tener una buena reencarnación… mi creencia es que debo ser la nota adecuada, armoniosa y delicada que contribuya de la mejora manera posible a la melodía infinita del universo.

¿Tendré razón? Sinceramente no me importa mucho porque como toda creencia, esta también está construida para darme sentido y propósito, y eso es lo realmente importante para mí.

¿Para qué te enfadas?

Quizá a otras personas les resulte de otra manera pero a tí siempre te pasa parecido: te enfadas porque otras personas no hacen o dicen o piensan lo que a tí te gustaría que hicieran, dijeran o pensasen, ¿y qué consigues?… Frustración, mal humor, pagarlo con quienes no tienen arte ni parte, culpa, ira, pérdida de energía… vamos, una maravilla.

Lo que otras personas hacen, dicen o piensan está fuera de tu control, fuera de tu responsabilidad, fuera de tu competencia y por lo tanto debiera afectarte algo así como cero.

Todo esto lo sabes perfectamente. Entonces, ¿Qué utilidad sacas de enfadarte? Porque todo lo que hacemos tiene un para qué, tiene una utilidad, lo hacemos porque nos reporta un beneficio. ¿Cuál es tu beneficio para estar enfadado?

Te enfadas para satisfacer a tu ego. Porque se ha visto herido al no conseguir que otras personas se amolden a él y entonces se tira al suelo y patalea con una rabieta como de niño pequeño, porque tu ego no quiere admitir ni de lejos que las demás personas puedan hacer, decir o pensar lo que les de la gana sin pedirte permiso.

La próxima vez que te enfades, recuerda esta imagen de tu ego pataleando en el suelo y verás qué rápidamente se te pasa.

Nada de lo que te está pasando es tan malo (ni tan bueno) como te parece

No soy especialmente fan de Woody Allen pero por una casualidad encontré este video que me parece tan, tan, tan fantástico, y que expresa en tan pocas palabras esa manera absurda de vivir la vida como a regañadientes, cuando en realidad lo que desearíamos es que durase un poquito más, con todo lo «bueno», y con todo lo «malo» que nos depara.

¿A tí qué te sugiere este video? Anímate y deja un comentario!

Conversaciones difíciles (o quizá no tanto)

Si lo piensas un poco, lo que más haces en tu trabajo es tener conversaciones. Cara a cara, por teléfono, mail, mensajería instantánea… te pasas el día teniendo conversaciones con otras personas.

En ocasiones esas conversaciones se convierten en una fuente importante de ansiedad porque son conversaciones complicadas, en las que tienes que decir algo que te cuesta decir o que supones que a la otra persona no le va a gustar, o necesitas obtener un resultado concreto de dicha conversación y te angustia no conseguirlo.

De nuevo te olvidas de lo que te enseñan tus amigos estoicos y pretendes tener control sobre cosas que están fuera de ti y sobre las que no puedes tenerlo: quieres que la persona con la que conversas te entienda, te de una respuesta determinada, quieres conseguir algo de ella, quieres que no se enfade o no se moleste o no se deprima… pero nada de todo ello está en tu ámbito de control.

Evidentemente puedes y debes hacer lo que esté en tu mano para explicarte bien, para no herir, para no ofender, para convencer, pero no puedes asegurar que lo conseguirás porque todo ello están en la zona de control de la otra persona.

Debes poner de tu parte en la conversación toda tu honestidad, sinceridad, transparencia, valor y cariño. Eso es lo que depende completamente de ti, esa es tu responsabilidad y lo que debe preocuparte. Nada más. Cómo la otra persona entenderá, reaccionará, se sentirá, te contestará, etc, no depende de ti y por lo tanto no debe inquietarte.

Tienes mil pruebas de que esto es así, de que cuando te centras en lo que tú puedes y debes aportar a la conversación y no en el resultado de la misma, la inmensa mayoría de las veces la conversación va fenomenal, por difícil que sea. Y en las pocas ocasiones en las que no va bien, te sientes tranquilo igualmente porque lo sucedido está fuera de tu control.

Una conversación es como un baile entre dos. Pon todo de tu parte para bailar lo mejor posible, el resto ya no depende de ti, y disfruta, fluye todo lo posible.


PD1: como siempre, este es un fragmento de una conversación reciente conmigo mismo.

PD2: si quieres profundizar más en el tema de las conversaciones complicadas, te recomiendo este libro de Enrique Sacanell «¿Cómo se lo digo? El arte de las conversaciones difíciles«

Un motor híbrido en tu interior: la motivación y el coraje

Cuando algo te motiva, te gusta o te emociona, qué fácil es todo!

Pero en la vida no todo lo que tienes que hacer en cada momento es lo que más te motiva o te apetece. En ocasiones (según las temporadas, a veces en muchas ocasiones) tienes que hacer cosas que no te apetecen en absoluto.

Son cosas que sabes que debes hacer, y que está bien que las hagas. Incluso cosas que te hacen bien, pero que te cuestan o no siempre te motivan lo suficiente.

Pero estás acostumbrado a funcionar básicamente con el «motor» de la motivación, y ese es un buen motor que va fenomenal cuando se puede usar, pero ¿qué pasa cuando no tienes la motivación, pero tienes que hacer igualmente lo que debes?

Ahí es cuando tienes que poner en marcha el motor del coraje, o de la disciplina, como lo quieras llamar.

Es un motor más difícil de usar, porque requiere un mayor esfuerzo y requiere entrenamiento y fuerza de voluntad en su uso.

Es además un motor que no estás muy acostumbrado a usar porque si no puedes usar el motor de la motivación tu tendencia es a abandonar. De alguna manera tienes instalada la creencia de que solo merecen la pena las cosas que se pueden hacer por la motivación, pero en realidad no es una creencia correcta. Obviamente es mejor actuar con motivación, pero no siempre es posible y si solo tienes ese motor tu capacidad de hacer lo correcto, de hacer lo que debes, se queda muy limitada.

El coraje, la disciplina, es algo que puedes y debes entrenar. Puede empezar por cosas relativamente sencillas: por ejemplo, quieres hacer un poco de ejercicio todos los días, pero no todos los días te apetece; piensa que además del beneficio de hacer ejercicio, vas a entrenar y poner a punto tu motor de la disciplina, y haz ejercicio todos los días que tengas ganas para ello, y los que no, haz ejercicio igualmente, con el motor de la disciplina en tu mente.

Utiliza con otras cosas también y poco a poco tendrás más capacidad de tirar de esta disciplina para cuestiones que te resulten más importantes o difíciles de realizar sin motivación.

No desarrollas valentía cuando todo va bien, sino cuando sobrevives momentos difíciles y desafías la adversidad. EPICTETO

Ninguna propensión humana es tan poderosa que no pueda ser vencida por la disciplina. SÉNECA

La disciplina es una gran ayuda para el que posee un mediocre ingenio. SÉNECA

Aléjate de las redes sociales todo lo que puedas

Tormenta acercándose al faro de Punta Galea

Eliminaste tu cuenta de Facebook, hace una año que no publicas en Twitter, nunca te llegó a enganchar Instagram… pero aún así acabas pasando mucho tiempo mirando y leyendo por las redes, con esa sensación de que de lo contrario te perderás algo importante, con la presión de estar «conectado».

Pero en realidad es justamente lo contrario: te infoxicas a tí mismo con tal cantidad de noticias banales, polémicas absurdas, zascas y contrazascas… que no te enteras de lo importante, de lo relevante, de lo esencial.

Conecta de verdad con las personas reales y si hay algo que es realmente importante, seguro que acabará llegando a tus ojos y a tus oídos.

Todo lo demás es ruido, distracción, tiempo malbaratado, oxigeno para un estado de las cosas que en realidad te horroriza.

Así que corre, cierra tus cuentas, desinstala tus apps del móvil y del ordenador… y levanta la mirada y lee, escucha, mira, observa, entiende…

El dolor del fracaso

«Unas veces se gana y otras se aprende»

Es una de tus frases favoritas. Es una idea realmente sugerente e inspiradora.

Pero qué doloroso es el aprendizaje provocado por el fracaso y por la pérdida. Hay que dejar pasar el tiempo para realmente hacer un aprendizaje de un fracaso porque en el momento el dolor que te provoca es enorme.

Cuando te das cuenta del fracaso todo se te viene encima, es un poco como morirte: todo lo acontecido pasa como una película y repasas lo que hiciste y lo que no hiciste y todo se ve con claridad y esa claridad es lo más doloroso de todo.

Y si el fracaso además tiene consecuencias para otras personas ya el dolor se eleva a otra potencia, se transforma en algo mucho más dramático y se te hace muy difícil de manejar.

Cuando fracasas la persona que creías ser se muere, desaparece, y para llegar al aprendizaje vas a tener que pasar por todas las fases del duelo: empezarás con la negación, no te crees que esto te esté pasando, tiene que ser un error, es como una película.

Pero no es una película, es una realidad, y entonces aparecerá la ira, la rabia, la búsqueda de culpables y responsables.

Si consigues salir de ahí, tratarás de darle la vuelta a la situación, fantasearás con la idea de que aún hay solución y que todo pasa por enfocarse en resolver los problemas.

Cuando te des cuenta de que realmente ya no hay solución, pasarás a la tristeza profunda, a verlo todo como parte del fracaso y a pensar que nada tiene sentido y que todo está perdido para siempre y sin remedio.

Y por fin, después de todo ello, si eres capaza de superar esa tristeza y ese dolor, podrás empezar a reconstruirte y a convertir el fracaso en un verdadero aprendizaje, en la posibilidad de aceptarlo y reconstruirte sobre él dando nuevos significados a tu yo.

No es un proceso fácil ni glamuroso.

Pero es algo por lo que ya has pasado unas cuantas veces antes. Necesitas echar la vista atrás y recordar tus fracasos anteriores para reconocer que eres quienes eres también por esos fracasos.

Para quererte precisamente por ser un fracasado muy exitoso.